Bamako, 21 may (SANA) El norte de Malí sigue siendo escenario de una compleja guerra de múltiples frentes más de una década después del inicio del conflicto armado que enfrenta al Gobierno central con grupos separatistas y organizaciones vinculadas a Al-Qaeda.
Aunque las autoridades de transición en Bamako aseguran mantener bajo control gran parte del territorio septentrional, la situación sobre el terreno refleja una intensificación de los enfrentamientos entre el ejército maliense y sus aliados frente a grupos armados que operan especialmente en las regiones de Kidal, Ménaka y Gao.
El conflicto, marcado por rivalidades étnicas, intereses geopolíticos y disputas por el control territorial, ha convertido al Sahel en uno de los principales focos de inestabilidad de África.
Separatistas y grupos armados amplían la presión
La ciudad de Ménaka, en el noreste del país, permanece bajo fuerte presencia militar mientras las autoridades intentan proyectar una imagen de estabilidad mediante patrullas y despliegues de seguridad.
Sin embargo, el deterioro de la situación quedó evidenciado tras los ataques coordinados del pasado 25 de abril atribuidos al Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA) y al Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), organización afiliada a Al Qaeda.
Los ataques incluyeron enfrentamientos armados y explosiones en distintas regiones del país y causaron la muerte del ministro de Defensa maliense, Sadio Camara, según medios regionales.
El vicepresidente de la Asamblea Nacional de Malí, Mohamed Ousmane Ag Ousmane, uno de los firmantes del Acuerdo de Paz de Argel, defendió la decisión de abandonar dicho pacto al considerar que no garantizaba una paz duradera y apostó por un diálogo interno entre malienses.
No obstante, reconoció que el proceso afronta importantes obstáculos y acusó a potencias extranjeras de intentar sabotear las negociaciones.
La ciudad estratégica de Kidal, situada a unos 1.500 kilómetros de Bamako, sigue bajo influencia de grupos separatistas y combatientes del JNIM, que han incrementado sus operaciones en los últimos meses.
El Frente de Liberación Nacional de Azawad mantiene además sus reivindicaciones independentistas sobre gran parte del norte del país, una región históricamente habitada por comunidades tuareg, árabes, fulani y songhai.
Influencia regional y presencia extranjera
El avance de los grupos armados ha obligado al Gobierno de transición a reforzar sus alianzas militares, incluida la cooperación con fuerzas rusas presentes en el país.
La denominada Legión Rusa aseguró recientemente haber participado en operaciones para impedir ataques contra Bamako, donde grupos yihadistas llegaron a amenazar rutas comerciales y de abastecimiento.
Analistas locales sostienen que las autoridades malienses enfrentan actualmente tres grandes desafíos: las aspiraciones separatistas de Azawad, la insurgencia yihadista y la presión de opositores políticos exiliados que exigen el retorno del orden constitucional y la celebración de elecciones.
La persistencia de la violencia refleja la complejidad de un conflicto en el que se entrecruzan intereses locales, rivalidades regionales y disputas internacionales por la influencia en el Sahel.
Mientras tanto, la población civil continúa siendo la principal víctima de una crisis humanitaria y de seguridad que se agrava en medio del deterioro económico y la falta de estabilidad política en el país africano.
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