Damasco, 7 abr (SANA) La ciudad de Duma al este de Damasco amaneció el 7 de abril de 2018 envuelta en una nueva masacre. El humo se mezclaba con un silencio denso que recorría sus calles estrechas, mientras sustancias tóxicas se filtraban entre los edificios, dejando tras de sí una escena de pánico y asfixia entre la población civil.
Aquel día, en medio de intensos bombardeos, los equipos de Defensa Civil Siria (DCS) detectaron un patrón inusual: decenas de personas presentaban síntomas de asfixia en un área cercana a la plaza de los Mártires. Las evidencias apuntaban al uso de sustancias químicas prohibidas.
Operaciones de rescate y balance de víctimas
Según explica Amer Zarifa, responsable de operaciones de la Dirección de Emergencias y Gestión de Desastres, los equipos de rescate enfrentaron grandes dificultades para acceder a la zona debido a los ataques aéreos continuos. “El bombardeo impedía el acceso inmediato y complicaba tanto la evacuación de heridos como la documentación de lo ocurrido”, señala.
Tras varios intentos, los equipos lograron llegar al lugar y trasladar a los afectados a puntos médicos, mientras continuaban las labores de emergencia durante horas. Las tareas de recuperación de víctimas y descontaminación se prolongaron al día siguiente en condiciones extremadamente complejas.
El balance fue de 43 muertos, identificados por nombre, y más de 500 personas con síntomas derivados de la inhalación de sustancias tóxicas.
Zarifa subraya que documentar el ataque supuso un reto adicional debido a la presión sobre testigos y supervivientes. Aun así, los equipos insistieron en recoger los testimonios con precisión. “Estas violaciones no prescriben. Seguimos trabajando para que los responsables rindan cuentas”, afirma.
Testimonio y reconstrucción del ataque
Entre quienes participaron en la documentación se encontraba Baha Bashir al-Muallim, un joven de Duma que colaboró como voluntario en el área de comunicación de la DCS. Para proteger a su familia, publicaba información bajo seudónimo en medios internacionales como The New York Times.
“Mi trabajo consistía en transmitir los hechos a agencias y documentar los lugares atacados”, explica. Según su relato, la ofensiva sobre Ghouta Oriental en el campo de Damasco se intensificó en febrero de 2018, con ataques dirigidos también contra hospitales y centros de rescate.
El 7 de abril, la situación alcanzó su punto más crítico. “El primer ataque químico se registró hacia las 16:30. Luego hubo otro, más amplio, alrededor de las 19:00, seguido de un tercer impacto cerca de la plaza de los Mártires, donde se produjeron la mayoría de las víctimas”, detalla.
Muchos habitantes se refugiaron en sótanos para protegerse de los bombardeos, pero el gas, más pesado que el aire, descendió hasta esos espacios cerrados, atrapando a quienes se encontraban en su interior.
Al-Muallim asegura que documentó el lugar del ataque, el proyectil utilizado y recogió muestras que posteriormente entregó a organizaciones de derechos humanos tras salir del país.
Cinco años después, un informe del equipo de investigación e identificación de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), publicado en enero de 2023, concluyó que el ataque fue llevado a cabo con gas cloro y atribuyó la responsabilidad a las fuerzas del entonces gobierno de Bashar Al Asad.
El informe confirmó la muerte de 43 civiles, entre ellos diez niños y quince mujeres.
Hoy, Duma recuerda aquel día no solo como una de las páginas más dolorosas de su historia reciente, sino también como un caso que sigue marcando el debate internacional sobre el uso de armas químicas y la rendición de cuentas.
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