Damasco, 27 feb (SANA) Con la llegada del mes sagrado del Ramadán, las calles de Damasco se impregnan del aroma del almíbar y la masa recién frita. Entre faroles encendidos y voces que anuncian el Iftar, el Naem vuelve a ocupar su lugar como uno de los dulces más emblemáticos de Siria, inseparable de la memoria colectiva y de las mesas familiares.
Este postre tradicional, especialmente popular en la capital, acompaña desde hace generaciones las reuniones tras la ruptura del ayuno. Su presencia no es casual: el naem es un símbolo de hospitalidad, de alegría compartida y de la identidad culinaria damascena durante el mes del ayuno musulmán.
Elaborado sobre una base circular de masa ligera, preparada con harina y agua, el llamado “Jaradaq – Naem” se distingue por las delicadas hebras que forman un entramado dorado, coronado con jarabe dulce que se desliza entre sus capas. Servido caliente, recién salido del aceite, se convierte en una exquisitez que adorna las mesas del iftar y endulza las largas veladas nocturnas.
Jóvenes y mayores lo esperan con entusiasmo tras una jornada de ayuno. Su textura crujiente por fuera y suave por dentro, junto a un dulzor equilibrado, evocan el espíritu del Ramadán: sencillez, gratitud y convivencia.
Origen y significado del nombre
El nombre “naem”, que en árabe alude a algo delicado o suave, describe con precisión la textura de este dulce que se deshace en la boca. Sin embargo, según el investigador del patrimonio damasceno Muhyiddin Qarnafala, su denominación original entre los habitantes de Damasco era “jaradaq”, término que significa “pan grueso o grande”.
En tiempos pasados también fue conocido como “el dulce del pobre”, debido a su bajo costo en comparación con otras especialidades damascenas. Se vendía en los zocos tradicionales, especialmente durante el Ramadán y las festividades, cuando los fieles lo adquirían fresco y caliente al concluir el ayuno.
Con el paso de los años, el naem dejó de ser un dulce humilde para convertirse en patrimonio popular y en uno de los sabores más representativos de la capital siria. Su preparación se ha extendido asimismo a países como Egipto, Jordania, Arabia Saudita y Líbano.
Método de preparación
La magia del Naem radica en la sencillez de sus ingredientes: harina, agua, levadura, azúcar, aceite para freír, almíbar y semillas de sésamo o coco para decorar.
La masa, ligera y fluida, se deja reposar hasta fermentar. Luego se vierte con destreza en aceite caliente, formando círculos finos o delicados entramados que adquieren un tono dorado y crujiente. Tras la fritura, se sumergen inmediatamente en almíbar frío, lo que crea un contraste perfecto de temperaturas y texturas, antes de espolvorearse con sésamo o coco.
Un sabor ligado al espíritu del Ramadán
Más que un simple postre, el naem es parte esencial de la escena ramadanesca en Siria. Antiguamente —y aún hoy en algunos barrios antiguos— los puestos que lo preparan se convierten en puntos de encuentro. Las familias se reúnen alrededor del vendedor, observan el dibujo de la masa sobre el aceite burbujeante y esperan el momento en que el dulce, aún humeante, pasa al almíbar.
En esa imagen se resume el espíritu del Ramadán: comunidad, tradición y sabores que atraviesan generaciones.
A pesar de la modernización de la repostería y la aparición de nuevas especialidades, el naem conserva un lugar privilegiado en el corazón de los sirios. Sigue siendo un emblema de la auténtica cocina damascena y una prueba de que, en las noches del Ramadán, la sencillez puede convertirse en el más entrañable de los festines.
Por Esraa Dubian
