Hama, 1 jul (SANA) Cada mañana, antes de que el mercado de los artesanos cobre vida, Mohsen Dubaik ocupa el mismo lugar frente a un telar de madera que heredó de su padre. Con un movimiento que repite desde hace más de medio siglo, hace avanzar los hilos de algodón entre los peines del telar mientras el golpe rítmico de la madera rompe el silencio del taller.
Ese sonido, según dice el hombre, era hace décadas la banda sonora de buena parte de Hama, una provincia en el centro de Siria.
“En los años cincuenta había alrededor de 3.500 telares manuales en la ciudad. Hoy solo quedamos dos artesanos trabajando con este sistema”, explica durante su participación en el Festival de la Aldea Siria, celebrado en Damasco.
Dubaik aprendió el oficio siendo niño. Primero observaba a su padre trabajar; después comenzó a ayudarle preparando los hilos y, con el tiempo, terminó ocupando su lugar frente al telar. Nunca abandonó la profesión.
Su trabajo comienza mucho antes del tejido. Compra el hilo de algodón procedente de las fábricas textiles nacionales y realiza personalmente cada etapa del proceso. Prepara la urdimbre, monta los hilos en el telar y, una vez terminada la pieza, la envía para el anudado y el bordado con seda antes de que llegue al cliente.
Durante años, las toallas, albornoces y tejidos elaborados en su taller abastecieron hoteles de Damasco y Alepo. En aquella época, recuerda, el mercado artesanal de Hama recibía visitantes de todo el país y los pedidos eran constantes.

La guerra alteró ese equilibrio
Muchos talleres cerraron, otros artesanos abandonaron la profesión y el flujo de clientes disminuyó de forma considerable. “En 2009 y 2010 el mercado estaba lleno de gente. Hoy muchas personas entran por primera vez y ni siquiera saben que estas profesiones siguen existiendo”, afirma.
Ante la caída de la demanda, Dubaik ha incorporado nuevas piezas a su catálogo, como blusas de seda, albornoces bordados y otros textiles adaptados a los gustos actuales. Sin embargo, el proceso de fabricación sigue siendo esencialmente el mismo que aprendió de su padre.
La continuidad del oficio depende ahora de algo más que la demanda. Conseguir hilo de algodón nacional se ha vuelto cada vez más difícil y costoso, una situación que, según explica, ha llevado a muchos jóvenes a buscar otros trabajos.

Aun así, continúa enseñando la técnica a quienes muestran interés, convencido de que un oficio solo sobrevive mientras alguien esté dispuesto a aprenderlo.
“No pedimos mucho. Solo necesitamos que se garantice el acceso a las materias primas para que esta profesión pueda seguir existiendo”, concluye.
Mientras habla, vuelve a colocar las manos sobre el telar. El ritmo de la madera comienza otra vez. En un mercado donde antes resonaban miles de telares, ese sonido ha quedado reducido a apenas dos talleres, pero sigue marcando el tiempo de un oficio que se resiste a desaparecer.
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