Rif Damasco, 17 sep (SANA) Las fotografías iban sobre el pecho, impresas en las camisetas blancas y verdes de los jugadores. Eran los rostros de padres desaparecidos o muertos que parecían acompañar a sus hijos mientras corrían detrás del balón en un campo de tierra de Al-Otaiba, en Guta Oriental, al este de Damasco.
Antes del encuentro, los jóvenes permanecieron alineados con sus equipaciones deportivas, algunos con gorras blancas o rojas. Junto al escudo y los números destacaban los retratos familiares. Después, con el partido en marcha, esas imágenes avanzaron con ellos entre carreras, pases y disputas por el balón.
Cerca de 60 participantes tomaron parte en “Una memoria que no desaparece”, una iniciativa organizada por la Fundación Badrat Khair (Seed) que convirtió durante unas horas un partido de fútbol en una forma poco convencional de mantener presente a quienes faltan.
La escena remitía a una realidad mucho más amplia. La desaparición forzada sigue siendo una de las grandes heridas abiertas de Siria. Según la Red Siria de Derechos Humanos, al menos 177.021 personas permanecen desaparecidas forzosamente desde marzo de 2011, entre ellas 4.536 niños y 8.984 mujeres, en su mayoría a manos del antiguo régimen de Bashar al-Asad.
Esa dimensión daba al encuentro un significado que trascendía el deporte. No hubo monumentos ni una ceremonia solemne. El recuerdo estaba en las camisetas y en los jóvenes que salieron al campo llevando consigo el rostro de sus padres.

Un partido con otro significado
El encuentro se celebró en Al-Otaiba, una localidad de Guta Oriental, en la zona rural de Damasco. El escenario era sencillo: un terreno de tierra, una portería con una red roja y blanca y edificios residenciales alrededor del campo.
Bajo la luz cálida de la tarde, que alargaba las sombras sobre el terreno, los equipos vestidos de blanco y verde disputaban el balón como en cualquier otro partido. Pero los retratos colocados sobre sus camisetas daban a cada carrera y cada jugada un significado diferente.
La iniciativa buscaba recordar a los desaparecidos y muertos a través de una actividad próxima a la vida cotidiana de sus hijos y crear, al mismo tiempo, un espacio donde jóvenes con experiencias familiares similares pudieran encontrarse.
“El fútbol fue una manera de reunirlos en un espacio donde pudieran participar, relacionarse y recordar a sus padres”, explicó a SANA Latifa Shaaban, directora ejecutiva de la Fundación Badrat Khair que organizó la iniciativa.
Según Shaaban, la participación de unos 60 jugadores refleja también la importancia de promover actividades que permitan a estos jóvenes conocerse, compartir experiencias y establecer vínculos entre ellos.

Los rostros sobre las camisetas
Uno de los elementos más visibles del encuentro estaba en la indumentaria.
Cada participante llevaba sobre el pecho la fotografía de su padre desaparecido o muerto. Los retratos no estaban reunidos en un mural ni colocados al margen del campo, sino que formaban parte del propio partido, visibles mientras los jóvenes corrían, defendían o atacaban.
Con ese gesto, los organizadores buscaron alejar la conmemoración de sus formas más tradicionales y trasladarla a una actividad colectiva vinculada al deporte y la convivencia.
Familiares y vecinos de la zona siguieron el encuentro, reforzando su dimensión comunitaria.
Shaaban señaló que la presencia del público contribuye a estrechar los lazos sociales y a mostrar apoyo a los hijos de quienes permanecen desaparecidos o han muerto.

Una historia compartida
Más allá del resultado, el partido reunió a jóvenes unidos por historias familiares similares y convirtió el fútbol en un espacio de encuentro y memoria.
Badrat Khair desarrolla iniciativas humanitarias y comunitarias dirigidas a niños y jóvenes mediante actividades deportivas, culturales y sociales. La fundación fue creada en Líbano en 2020 y mantiene allí un centro en funcionamiento.
En Al-Otaiba, esa labor tomó la forma de un partido sencillo sobre un campo de tierra. Los jóvenes corrieron detrás del balón con los retratos de sus padres sobre el pecho. Durante unas horas, la ausencia encontró una forma de hacerse visible.


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