Damasco, 1 mar (SANA) Durante el mes sagrado de Ramadán, los mercados de Damasco recuperan su antiguo esplendor y se convierten en el corazón palpitante de la memoria colectiva siria.
En los barrios históricos, el tiempo parece reordenarse: el día se aquieta bajo la cadencia del ayuno y la noche despierta luminosa, colmada de pasos, saludos y plegarias. Así, los zocos se transforman en escenarios donde se funden el rito religioso, la costumbre social y una herencia transmitida de generación en generación.
La especialista en patrimonio Najlaa al-Khadra explicó a SANA que, en Ramadán, los mercados damascenos han sido mucho más que espacios de compra y venta: constituyen un teatro cotidiano de la vida social, donde la identidad cultural se expresa en los detalles más sutiles, la decoración de papel suspendida entre los callejones, el aroma del pan recién horneado, la cadencia de las invocaciones y el eco de las salutaciones, como ha ocurrido desde los albores del islam.
El ritmo del tiempo y la memoria de la luz
Con el anuncio del inicio del mes, la ciudad cambia su compás. Los zocos abren temprano y permanecen activos hasta poco antes del suhur, como si la noche heredara la vitalidad del día. Históricamente, mercados como Zoco Al-Hamidiyah, Zoco Midhat Pasha y Zoco Al-Bazouriyah han sido el epicentro de esta efervescencia. Sus fachadas se adornaban con faroles y guirnaldas, una estampa descrita en crónicas antiguas como símbolo distintivo de la ciudad.
Las voces melodiosas de los vendedores, el intercambio de bendiciones y las recitaciones religiosas componían la identidad sonora del Ramadán damasceno. Los historiadores evocan el mercado nocturno como una celebración al aire libre que culminaba con el llamado a la oración y el anuncio del iftar.
Antes de la electricidad, la iluminación era protagonista. Lámparas de aceite y faroles de cobre colgaban sobre los callejones para acompañar a quienes regresaban de las mezquitas tras la oración del Magreb. La luz no era solo necesidad práctica: se convirtió en símbolo de serenidad y júbilo espiritual. En los alrededores de la Mezquita Omeya y en barrios como Qaymariyya, los artesanos elaboraban faroles y adornos que daban a la ciudad una atmósfera casi celestial.
El mapa de la mesa ramadanesca
La especialización comercial otorgó a cada mercado un papel definido en la preparación del iftar. El zoco de Al-Bazouriyah se distinguía por sus especias, frutos secos y hierbas aromáticas; en los mercados de Al-Shaghour y Bab Sreijeh prosperaban las tiendas de lácteos, cuyo blanco simbolizaba optimismo y bendición. En Bab al-Jabiyah y Souk al-Khadra abundaban verduras, encurtidos y frutas frescas.
Desde el alba, panaderías y carnicerías trabajaban sin descanso. El pan damasceno, el ma’rouk y el manqoush —perfumados con mahlab y coronados con sésamo y nigella— llenaban el aire de fragancias cálidas. Horas antes del ocaso, los aromas de la sfiha y de las bandejas de carne recién horneadas convertían el mercado en una experiencia sensorial total.
En barrios como Amara y Midan, las tiendas de habas y garbanzos eran esenciales. Estos alimentos sencillos y nutritivos acompañaban el ayuno y formaban parte de la cotidianidad popular. La imagen de los niños llevando pan al vendedor de hummus para preparar fattah quedó grabada en la memoria urbana como gesto entrañable de comunidad.
Los vendedores ambulantes, con sus jarras de regaliz y tamarindo, añadían un matiz festivo. Preparaban las bebidas ante los transeúntes, mezclando el tintinear del metal con canciones tradicionales. Incluso la llegada del hielo —transportado antiguamente desde el monte Hermón y envuelto en paja— era un acontecimiento celebrado con pregones que hoy forman parte del patrimonio oral de la ciudad.
Dulces, herencia y economía viva
Durante Ramadán, la industria de la confitería alcanzaba su auge en las tiendas del Zoco Al-Hamidiyah y en barrios como Al-Marjeh y Al-Midan. La kunafa, preparada desde época omeya, y el qatayef, vinculado a las cortes califales, se convirtieron con el tiempo en dulces populares al alcance de todos. Junto a ellos, el balah al-sham, el mushabbak, el barazek y el ghraybeh acompañaban las noches damascenas, mientras el ma’rouk y el na’em mantenían su presencia inseparable de los dátiles con los que tradicionalmente se rompe el ayuno.
Más allá de su dimensión espiritual, el mes representaba una temporada económica crucial. La demanda impulsaba la labor de artesanos, panaderos y comerciantes, generando empleo temporal y fortaleciendo la solidaridad social. El mercado se convertía así en espacio donde fe y sustento se entrelazaban.
Un legado que perdura
A pesar de los cambios de la vida moderna, los mercados de Damasco conservan su esencia. Pasear por ellos en Ramadán es recorrer un puente entre pasado y presente, donde la ciudad reafirma su carácter íntimo y hospitalario.
Como concluye Al-Khadra: «Los mercados de Damasco durante el Ramadán no son solo un recuerdo, sino una expresión viva de identidad cultural». Forjados desde la antigüedad y desarrollados en las épocas omeya y otomana, estos zocos siguen siendo un sistema económico y social integrado, espejo de una civilización que ha sabido preservar su alma.
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