Damasco, 25 feb (SANA) En medio del bullicio cotidiano y las huellas de la modernidad, la figura del cuentacuentos continúa siendo un símbolo cultural que mantiene viva la memoria colectiva en Damasco, la capital siria.
En muy pocos antiguos cafés del casco histórico de Damasco, especialmente en el emblemático Café Al-Nawfara, aún resuena la voz del hakawati, narrador tradicional que, con tono solemne y gestos teatrales, cautiva a su audiencia con epopeyas populares, relatos heroicos y crónicas transmitidas de generación en generación.
Esta tradición, arraigada en la cultura del Levante desde hace siglos, convirtió a los cafés en verdaderos foros sociales donde vecinos y viajeros se reunían al anochecer para escuchar historias como las de Antar y Abla, Al-Zir Salem o las hazañas de Saladino.
Entre la memoria oral y los desafíos de la modernidad
El hakawati no solo entretiene; también preserva valores, refuerza la identidad cultural y transmite enseñanzas morales. Su relato, acompañado a veces por una espada simbólica o un libro antiguo, combina dramatización, poesía y memoria histórica.
Aunque el avance de la tecnología y los cambios en los hábitos sociales redujeron durante años la presencia de esta figura, la tradición no desapareció. En fechas señaladas, festivales culturales y temporadas turísticas, el cuentacuentos vuelve a ocupar su lugar, atrayendo tanto a mayores nostálgicos como a jóvenes interesados en redescubrir sus raíces.
Bajo las antiguas arcadas de la Ciudad Vieja, la voz del cuentacuentos continúa elevándose cada noche, recordando que las historias compartidas son también una forma de sobrevivencia cultural y de esperanza.
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