Damasco, 18 jul (SANA) El futuro del estrecho de Ormuz se presenta cada vez más incierto a medida que aumentan las tensiones entre Estados Unidos e Irán, en un conflicto que trasciende la dimensión militar y amenaza con modificar las reglas del comercio energético mundial.
La disputa no se limita al control de una ruta marítima. En el fondo, enfrenta dos concepciones incompatibles: Teherán considera que su posición geográfica le concede el derecho a gestionar el tránsito e imponer condiciones a los buques, mientras Washington sostiene que Ormuz es una vía internacional que debe permanecer abierta y libre.
Esta contradicción explica por qué los intentos de desescalada han resultado frágiles. En un artículo publicado por The National Interest, el analista de riesgos geopolíticos Wasai Mir sostiene que las treguas alcanzadas hasta ahora fueron pausas temporales incapaces de resolver el núcleo del conflicto.
El memorando de entendimiento suscrito el 17 de junio entre Estados Unidos e Irán apenas se mantuvo durante tres semanas. Su rápido colapso mostró que ningún acuerdo será sostenible mientras ambas partes no definan quién establece las reglas de navegación y bajo qué marco jurídico.
La geografía como ventaja estratégica iraní
La principal fortaleza de Irán no radica exclusivamente en el tamaño de sus fuerzas navales, sino en su dominio geográfico sobre la costa norte del estrecho.
Desde posiciones situadas en Bandar Abbas y en las islas de Qeshm, Ormuz y Larak, Teherán puede desplegar misiles costeros, lanchas rápidas, drones y minas marinas para amenazar el tránsito sin necesidad de enfrentarse directamente con la Armada estadounidense.
Ese factor limita la capacidad de Washington para garantizar una apertura permanente mediante ataques aéreos o patrullas navales. Destruir baterías, radares o almacenes no equivale a controlar el litoral desde el cual Irán puede reconstruir y desplegar nuevamente sus capacidades.
La importancia de esta ventaja aumenta porque el estrecho constituye la única salida marítima del golfo Pérsico hacia el océano abierto. Por esa vía circulan diariamente alrededor de 20 millones de barriles de petróleo, además de una gran parte de las exportaciones regionales de gas natural licuado.
Aunque Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos alternativos, su capacidad solo permite desviar una fracción del volumen normalmente transportado por Ormuz. En las condiciones actuales, sustituir completamente esta ruta resulta inviable.
Primer escenario: un cierre selectivo
El primer escenario es la continuidad de un cierre parcial o selectivo, mediante el cual Irán autoriza el tránsito de determinadas embarcaciones según la nacionalidad, las alianzas políticas o el pago de tarifas.
Este modelo permitiría a Teherán evitar un bloqueo absoluto, que también perjudicaría sus propios intereses y los de sus socios, mientras mantiene presión sobre los países occidentales.
De acuerdo con el análisis, buques vinculados con China, Rusia, India, Türkiye, Pakistán, Irak y otros Estados habrían recibido autorizaciones para transitar, mientras las embarcaciones occidentales enfrentan mayores restricciones.
Algunos barcos habrían pagado cerca de dos millones de dólares por viaje, y el Parlamento iraní estudia establecer legalmente esas tarifas como una fuente oficial de ingresos.
Este escenario modificaría profundamente el principio de libertad de navegación, al convertir el estrecho en una ruta administrada según criterios políticos.
También debilitaría los incentivos de China y Rusia para exigir una reapertura total. Pekín mantendría el acceso de sus buques a los suministros energéticos, mientras Moscú podría beneficiarse del aumento de los precios internacionales del petróleo.
Un cierre selectivo permitiría así a Irán dividir a las potencias internacionales y reducir las posibilidades de formación de una coalición amplia en su contra.
Segundo escenario: reapertura por la fuerza
La segunda posibilidad consiste en que Estados Unidos intente abrir el estrecho mediante una operación militar de mayor alcance.
Sin embargo, este escenario presenta enormes dificultades. Los ataques estadounidenses contra bases, islas y emplazamientos iraníes pueden degradar temporalmente algunas capacidades, pero no eliminan la posibilidad de que Teherán vuelva a desplegar minas, misiles, drones o embarcaciones rápidas.
La experiencia de las operaciones destinadas a proteger la navegación demuestra además los límites del respaldo internacional.
Varios países occidentales y asiáticos se han mostrado reacios a enviar buques de guerra, mientras Washington evita comprometer fuerzas terrestres en una confrontación directa.
La reapertura permanente del estrecho requeriría algo más que superioridad aérea o naval. Implicaría asegurar la totalidad de las costas y las islas desde las cuales Irán puede amenazar el tráfico marítimo.
En la práctica, esto supondría llevar a cabo una operación terrestre de gran escala dentro del territorio iraní, con elevados costos humanos, militares, económicos y políticos.
Por ello, la opción militar corre el riesgo de producir una escalada sin solución: Estados Unidos podría destruir objetivos, pero Irán conservaría la capacidad de reconstruirlos y responder de forma asimétrica.
Tercer escenario: reapertura negociada bajo una inestabilidad prolongada
El tercer escenario, considerado el más probable, es una reapertura negociada del estrecho, aunque sin eliminar completamente los efectos de la crisis.
Los anteriores entendimientos permitieron recuperar temporalmente parte del tráfico marítimo, pero la ausencia de un acuerdo político integral facilitó la reanudación de los ataques y el nuevo cierre de la vía.
Una solución sostenible requeriría combinar garantías de libertad de navegación con concesiones políticas y económicas para Irán.
Entre las posibles fórmulas figura un levantamiento gradual de las sanciones a cambio de compromisos verificables relacionados con el programa nuclear iraní, el tránsito marítimo y la seguridad de los buques.
Esa salida permitiría a Teherán presentar el acuerdo como un reconocimiento de su influencia regional, mientras Washington podría reivindicar la restauración del comercio internacional.
No obstante, incluso una reapertura formal no devolvería inmediatamente la situación a las condiciones anteriores. Las compañías navieras, los mercados energéticos y las aseguradoras ya incorporaron la posibilidad de nuevos cierres en sus cálculos.
Una crisis con consecuencias duraderas
El impacto económico del conflicto no depende únicamente de que el estrecho permanezca completamente cerrado.
La mera posibilidad de interrupciones provoca aumentos en las primas de seguros, encarece el transporte marítimo, altera los contratos de suministro y obliga a empresas y gobiernos a mantener reservas más elevadas.
Los precios del crudo Brent llegaron a subir más de un 55 por ciento durante la crisis, antes de retroceder cada vez que surgían señales de un posible acuerdo.
Esta volatilidad evidencia que el mercado no reacciona solo a la cantidad de petróleo disponible, sino también a la incertidumbre sobre su transporte.
Las aseguradoras comenzaron a revisar el nivel de riesgo en la región, mientras los contratos energéticos de largo plazo incorporan cláusulas que consideran el cierre del estrecho como una situación de fuerza mayor.
La crisis también podría acelerar inversiones en oleoductos alternativos, puertos fuera del golfo Pérsico y nuevas rutas de exportación. Sin embargo, estas soluciones necesitan años y grandes recursos, por lo que Ormuz continuará siendo indispensable en el futuro inmediato.
La diplomacia como única salida viable
Pese al deterioro de la situación, la vía diplomática no está completamente cerrada.Omán y Pakistán continúan desempeñando labores de mediación y podrían facilitar un nuevo entendimiento.
El principal desafío consiste en elaborar un acuerdo que permita a ambas partes obtener resultados políticamente aceptables.
Irán busca reconocimiento de su influencia sobre la seguridad del estrecho y alivio de las sanciones. Estados Unidos exige libertad de navegación y garantías para sus aliados y para los mercados energéticos.
Mientras estas posiciones permanezcan enfrentadas, cualquier tregua será vulnerable.
Los tres escenarios planteados muestran que ninguna salida resulta sencilla. El cierre selectivo fragmentaría el sistema de navegación internacional; la opción militar podría desencadenar una guerra más amplia, y la reapertura negociada exigiría concesiones difíciles para Washington y Teherán.
La geografía seguirá concediendo a Irán una capacidad de presión que los ataques militares no pueden eliminar completamente. Al mismo tiempo, la dependencia iraní de las exportaciones y del comercio regional limita la posibilidad de mantener indefinidamente un cierre total.
El futuro del estrecho de Ormuz dependerá, por tanto, de la capacidad de ambas partes para transformar una ventaja geográfica y militar en un acuerdo político. De no lograrlo, la vía marítima continuará siendo no solo un punto de tránsito energético, sino uno de los principales focos de inestabilidad para la economía mundial.
fm/ahs