Damasco, 14 sep (SANA) En medio de la vasta estepa siria, las murallas de Al-Rusafa emergen del paisaje con el tono claro de su piedra yesífera, que bajo el sol oscila entre el blanco y el dorado. Lo que hoy parece una ciudad detenida en el desierto fue durante siglos un lugar de paso y poder, recorrido por soldados, comerciantes, peregrinos y gobernantes.
Situada en la estepa del norte de Siria, Al-Rusafa conserva en sus ruinas las huellas de una historia excepcionalmente larga. Primero fue un enclave estratégico en la frontera oriental del Imperio romano, después se convirtió en Sergiópolis, un importante centro de peregrinación cristiana, y más tarde adquirió un nuevo protagonismo en época omeya, cuando el califa Hisham bin Abdul-Malik estableció allí una de sus principales residencias.
El interés por el sitio ha cobrado renovada fuerza con los estudios recientes del Instituto Arqueológico Alemán. En abril de 2026, la institución publicó los resultados de nuevas prospecciones, sondeos y análisis de las murallas. Dos años antes había presentado un atlas que identifica 14 fases de evolución urbana, elaborado a partir de cerca de un siglo de investigaciones, levantamientos y estudios arquitectónicos.

De fortaleza romana a santuario cristiano
Las investigaciones arqueológicas realizadas hasta ahora no han encontrado pruebas materiales concluyentes de una ocupación asiria dentro del recinto fortificado. La presencia del lugar se vuelve más clara en época romana, cuando Al-Rusafa adquirió valor estratégico dentro del sistema defensivo oriental del imperio frente a los sasánidas.
La arqueóloga alemana Michaela Konrad, especializada en las fortificaciones de la estepa siria, situó el enclave dentro de una red organizada de posiciones militares separadas aproximadamente por unos 30 kilómetros.
Ese sistema conectaba Al-Rusafa con estaciones y fortificaciones vinculadas a Palmira, Al-Sukhna, Al-Kawm y Sura, a orillas del Éufrates, en una región donde la vigilancia de las rutas y del territorio era esencial para controlar la frontera.
Con el paso de los siglos, sin embargo, la función militar dejó de definir por sí sola a la ciudad.
Al-Rusafa se transformó en Sergiópolis, un destacado destino de peregrinación cristiana, un cambio que alteró profundamente tanto su configuración urbana como la composición de su población.
El Instituto Arqueológico Alemán, que inició excavaciones sistemáticas en el lugar en 1952, ha documentado buena parte de aquella expansión. Entre sus monumentos más importantes figura la gran catedral conocida como Basílica A, cuya arquitectura fue concebida para acoger el flujo de peregrinos y viajeros.
Los estudios también han destacado la calidad de sus capiteles de mármol, columnas y decoraciones geométricas, elementos que consolidaron a la ciudad como uno de los principales testimonios de la arquitectura bizantina conservados en Oriente Próximo.

La ciudad de Hisham
Al-Rusafa volvió a cambiar de función bajo el califa omeya Hisham bin Abdul-Malik, que gobernó entre 724 y 743 y convirtió el enclave en una residencia desde la que atendía asuntos de un Estado cuyos dominios se extendían desde Asia Central hasta la península ibérica y el sur de la actual Francia.
La ciudad llegó entonces a ser conocida también como Rusafat Hisham y vivió una importante expansión fuera de las antiguas murallas bizantinas.
Los estudios arqueológicos de Martin Gussone sobre los suburbios meridionales documentaron restos residenciales en el exterior del recinto amurallado, entre ellos dos palacios omeyas rodeados de jardines y dotados de sistemas de irrigación.
Aquellos complejos muestran cómo la arquitectura palaciega se adaptó a un paisaje árido, creando espacios residenciales y jardines en un entorno donde disponer de agua exigía una infraestructura cuidadosamente planificada.
La memoria de aquella etapa sobrevivió mucho después del fin del poder omeya. El poeta libanés Said Akl la evocó en Sailini ya Sham —Pregúntame, Damasco— con uno de sus versos más conocidos: “Omeyas, si el mundo les quedaba estrecho, incorporaban el mundo al jardín de Hisham”.
Pero el esplendor de aquellos palacios plantea una pregunta elemental: ¿cómo pudo sostenerse una ciudad de esa magnitud en una región marcada por la aridez?
La respuesta se encuentra bajo tierra.

Al-Rusafa dependía de un complejo sistema de grandes cisternas destinadas a recoger y almacenar el agua de lluvia y de las escorrentías. Investigadores de la Dirección General de Antigüedades y Museos estiman que esos depósitos podían contener millones de litros de agua.
El recurso era conducido mediante canales hasta depósitos construidos para reducir las filtraciones y conservar las reservas durante largos períodos.
El sistema abastecía a la población, pero también a soldados, peregrinos y caravanas que atravesaban la ciudad a lo largo del año.
Sin esas cisternas, una urbe de esa escala difícilmente habría podido sostenerse en un entorno tan árido. La red hidráulica constituye, por ello, una de las claves para comprender no solo la supervivencia de Al-Rusafa, sino también su capacidad para crecer y desempeñar funciones militares, religiosas y políticas durante diferentes períodos.
Sobre el terreno, la otra gran obra que continúa definiendo la ciudad es su recinto defensivo.
Al-Rusafa estaba rodeada por una gran muralla de planta aproximadamente rectangular, reforzada por cerca de 54 torres, circulares y poligonales, concebidas para ampliar el campo de vigilancia.
En su construcción se empleó principalmente piedra yesífera de tonos claros, junto con otros materiales procedentes de la región, entre ellos piedra de tonalidades rosadas. Bajo la luz intensa de la estepa, esa combinación sigue otorgando a las ruinas uno de sus rasgos visuales más característicos.

Una ciudad abandonada, una historia preservada
La larga continuidad urbana terminó quebrándose en la Edad Media.
El investigador sirio Bashir Zuhdi documentó en su obra Al-Rusafa, perla de la estepa siria: su historia y sus monumentos la destrucción sufrida por la ciudad en 1259, durante las campañas mongolas encabezadas por Hulagu.
Según sus investigaciones, sus habitantes abandonaron entonces el lugar ante la violencia que acompañó el avance mongol, y Al-Rusafa nunca recuperó el papel que había desempeñado durante los siglos anteriores.
La ciudad quedó prácticamente vacía, pero ese abandono permitió que una parte considerable de sus estructuras permaneciera visible en medio de la estepa.
Hoy, sus murallas, iglesias, palacios y cisternas permiten leer en un mismo paisaje las huellas de una ciudad que cambió de gobernantes, religión y función a lo largo de los siglos, pero que siempre estuvo condicionada por una misma realidad: la necesidad de encontrar agua y conservarla en pleno desierto sirio.
okz