Deir Ezzor, 5 ene (SANA) Durante años, el tiempo pareció detenerse en muchas ciudades sirias. Las plazas quedaron en silencio, los relojes se oxidaron y las manecillas inmóviles se convirtieron en un símbolo más de la devastación. Hoy, poco a poco, ese silencio empieza a romperse. El tictac regresa, no como un simple sonido mecánico, sino como una señal de vida.
En este escenario emerge la figura de uno de los últimos maestros relojeros especializados en relojes monumentales del país, Ahmed Anis, un ingeniero mecánico de Alepo que ha convertido su oficio en una misión, devolver el pulso del tiempo a las ciudades que sobrevivieron a la guerra.

Como un guardián discreto del pasado, recorre pueblos y barrios destruidos restaurando relojes públicos, convencido de que cada campanada es un acto de reconstrucción moral antes que material.
Para él, el sonido regular del tiempo no es nostalgia, sino memoria activa. Sueña con el regreso de los relojes a las plazas, en una época dominada por pantallas y teléfonos móviles, donde la hora se consulta en silencio y se ha perdido la música colectiva del tiempo compartido.
Cuando el reloj vuelve a sonar
Un año después del final de la guerra y el triunfo de la Revolución Siria, muchas zonas liberadas seguían pareciendo ciudades fantasma. Edificios destruidos, calles vacías y una reconstrucción que avanzaba con esfuerzo y escasos recursos. En ese contexto, la restauración de un gran reloj en un barrio parcialmente destruido en la provincia de Deir Ezzor adquirió un significado inesperado.
Cuando las campanadas resonaron por primera vez entre los escombros, los vecinos que habían regresado sintieron que algo esencial había vuelto. Para muchos, aquel sonido fue comparable a un latido que regresa a un cuerpo exhausto, una señal de que la vida retomaba su curso, de que el tiempo, por fin, volvía a avanzar.
Las campanadas no solo marcaron las horas, sino anunciaron el inicio de una nueva etapa, una llamada silenciosa al trabajo, a la reconstrucción y a la esperanza compartida.
Relojes como símbolos de civilización
El proyecto no se limita a una ciudad. En Damasco, la restauración del reloj de la estación de Qadam fue uno de los primeros pasos para devolver funcionalidad y dignidad a un espacio histórico dañado. En paralelo, se preparan nuevas intervenciones, la instalación de un reloj en Sarmada, la sustitución del mecanismo destruido del reloj de Idlib y trabajos de mantenimiento en distintas regiones de la gobernación de Homs.
Pero el objetivo más ambicioso va más allá de la reparación técnica. Incluye la restauración de relojes históricos y patrimoniales, como el de la estación del ferrocarril del Hiyaz en Damasco, gravemente dañado y privado de piezas esenciales.
Desde su visión, los relojes públicos no son simples instrumentos para medir el tiempo. Durante siglos han sido una seña de identidad de las ciudades organizadas, reflejan orden, conciencia del tiempo, valor estético y pertenencia cultural. Son, en esencia, monumentos civiles que hablan de la relación entre una sociedad y su historia.
El taller donde se reconstruye el tiempo
Desde un modesto taller en un barrio popular de Alepo, el relojero planifica cada restauración como si se tratara de una cirugía de precisión. Allí, entre engranajes, péndulos y mecanismos antiguos, se organiza una tarea que combina profesionalismo, memoria y paciencia.
El plan actual se centra en una intervención de urgencia para preservar los relojes históricos más emblemáticos del país, conscientes de que perderlos sería borrar una parte irremplazable de la memoria urbana.
Para quien dedica su vida a este oficio, los relojes dejaron de ser hace tiempo una simple afición. Son una forma de resistencia cultural. Restaurarlos significa rescatar una época, proteger el patrimonio y recordar que, incluso tras la devastación, la belleza y la identidad pueden sobrevivir.
Recuperar el tiempo para avanzar
Para muchos sirios que regresan a sus ciudades, el tiempo fue una de las mayores pérdidas. Años suspendidos, proyectos aplazados, vidas en pausa. En ese contexto, el sonido de un reloj gigante no es un detalle menor: es una invitación a mirar hacia adelante, a reconstruir, a recuperar el ritmo perdido.
No existen zonas específicas reservadas para estos relojes. Cualquier ciudad o pueblo que desee devolver el tiempo a su plaza puede hacerlo. La voluntad está ahí, junto con la convicción de que reconstruir el país no es solo levantar muros, sino también devolverle su pulso.
Y así, tictac tras tictac, el tiempo sirio comienza a regresar. No borra el dolor del pasado, pero marca el inicio de un futuro que, al fin, vuelve a avanzar.
Por Watfeh Salloum