¿EEUU cobra caro su derrota en Afganistán?

Damasco, SANA

La derrota de Estados Unidos en Afganistán es consecuencia de 20 años de una política de agresión que parece sacar a la luz las primeras jugadas de un tablero geopolítico con participación de muchos.

La invasión en octubre de 2001 la lanzó Estados Unidos en medio de la presentación de un nuevo enemigo que a partir de ahí justificaría intervenciones y gastos bélicos: el terrorismo internacional.

Para nada se trata de negar la amenaza que representa el accionar de grupos terroristas, muchos de ellos creados en Occidente para justificar la existencia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en espera de su nuevo enemigo, tras la desaparición de la URSS.

Si se mira desde ese punto de vista, Afganistán cumplió en parte esa misión, durante la cual Estados Unidos perdió casi tres mil militares, pero también causó la muerte de más de 150 mil personas y 11 millones de refugiados, mientras gastó más de dos billones de dólares en dos décadas.

Pero el país asiático parece contar con riquezas que potencias como Estados Unidos para nada desean compartir con otras, opinan expertos.

De acuerdo con el periodista de RIA Novosti Serguei Savchuk, Afganistán cuenta con mil 500 depósitos de minerales.

Existen grandes yacimientos de hierro en la zona de Hajigak, con 32 kilómetros de depósitos sólidos, con un 62 por ciento de componente útil.

La India, Irán y Afganistán concertaron un acuerdo con inversiones multimillonarias de Nueva Delhi en el puerto de Chabbehar, mientas Teherán se encargaba de construir una línea ferroviaria hasta la localidad afgana de Herat, pero esos planes aún están en suspenso.

En la región de Amu Darya (provincia de Balkh) se encuentra un yacimiento de hidrocarburos de mil 800 millones de barriles de petróleo y 400 mil millones de metros cúbicos de gas.

China firmó un acuerdo en 2011 para la explotación allí de tres campos y prometió construir igual número de refinerías, destacó Savchuk.

Además, el gigante asiático aspiraría a participar en la extracción de una supuesta reserva de litio que, según estudios geológicos norteamericanos, equivale a unos tres billones de dólares. Rusia podría participar en la construcción de un gasoducto entre Turkmenistán, Afganistán, Pakistán y la India de mil 700 kilómetros de extensión y con capacidad de 33 mil millones de metros cúbicos anuales.

Pero el fracaso de la misión de Occidente en el estado asiático también puso al descubierto fisuras entre los aliados de Estados Unidos en la OTAN, cuyos miembros fueron llamados a esa nación al solicitar Washington la aplicación de artículo quinto sobre seguridad colectiva.

La alianza atlántica muestra ahora su cara fea con escenas de desespero, salida desordenada y caos en el aeropuerto de Kabul.

Al comentar el evidente fracaso de la operación, el ministro alemán de Relaciones Internacionales, Heiko Maas, confesó al semanario Der Spiegel que de la mencionada debacle se deberán sacar las respectivas enseñanzas.

El acuerdo de Doha, firmado en 2020 por Estados Unidos y el movimiento Talibán, dejó fuera, no solo al gobierno afgano, sino también a aliados, con garantías exclusivas para Washington, según la revista Foreign Affairs.

Ahora, el mandatario estadounidense, Joe Biden, afrontará el reto de su fracaso militar y político en Afganistán, estima la publicación.

Sin embargo, parece probable que, con planes en progreso, sobre todo, de Rusia y China en la región, la Casa Blanca apelará a la teoría del caos para alejar la eventual presencia de otras potencias en la zona.

La resistencia creciente en el norte, como ocurrió hace más de dos décadas, al poder del Talibán, podría extender por un nuevo periodo la inestabilidad en suelo afgano, para impedir cualquier progresión de otras naciones en alguna reorganización económica, sin Washington.

El diario digital Vzgliad advierte que existen muchas dudas de que el Pentágono esté dispuesto a abandonar de golpe la región centroasiática.

 Un encuentro virtual en abril pasado del secretario estadounidense de Estado, Antony Blinken, con sus similares de Tayikistán, Turkmenistán, Kirguistán y Uzbekistán sirvió para sondear un pretendido regreso de la presencia militar norteamericana en Asia Central.

Vzgliad recuerda que Kirguistán cerró la base aérea de Manas, cerca del aeropuerto de Biskek, operante de 2001 a 2014, y también quedaron fuera de servicio las de Karshi-Hanobad, en Uzbekistán, y otra en Dusambé, la capital tayika.

Especialistas de RIA Novosti destacan que, para los planes de desestabilización del Talibán, Estados Unidos pareció dejar una herencia indirecta con un ejército afgano que abandonó miles de blindados Hummer, cientos de tanques y sistemas antiaéreos y unos 800 morteros.

La desastrosa retirada de Estados Unidos podría tener segunda temporada, con un conflicto interno, sin presencia directa en Afganistán de sus tropas, pero con el propósito de promover inestabilidad regional.

Fuente: Prensa Latina

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