Washington, 8 ago (SANA) La guerra en Ucrania, la creciente inestabilidad en Oriente Medio y la rivalidad entre Estados Unidos y China forman hoy tres focos de tensión aparentemente distintos, pero su coincidencia plantea una pregunta cada vez más presente entre analistas: ¿podrían varias crisis regionales terminar convergiendo en una confrontación mundial?
El periodista y analista Dan Perry sostiene en un artículo publicado por Newsweek que el principal riesgo no reside necesariamente en que una gran potencia decida iniciar deliberadamente una guerra global, sino en que conflictos separados comiencen a conectarse mediante alianzas, errores de cálculo y respuestas militares encadenadas.
La historia ofrece precedentes inquietantes. La Primera Guerra Mundial no comenzó con una decisión colectiva de las potencias de lanzarse a una conflagración continental, sino con una crisis localizada que activó compromisos, rivalidades y alianzas hasta transformar un atentado en Sarajevo en un conflicto de dimensiones inéditas.
Para Perry, la situación internacional actual contiene algunos elementos que recuerdan ese tipo de dinámica, aunque eso no significa que una nueva guerra mundial sea inevitable.
Ucrania y el riesgo de un choque entre Rusia y la OTAN
La guerra ruso-ucraniana constituye uno de los principales puntos de preocupación.
Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, el conflicto ha consolidado una confrontación indirecta entre Moscú y los países occidentales que suministran armas, inteligencia y apoyo financiero a Kiev.
Europa, entretanto, acelera el fortalecimiento de sus capacidades militares ante la posibilidad de que la amenaza rusa se prolongue durante años.
Moscú considera la ampliación y el fortalecimiento de la OTAN cerca de sus fronteras como un desafío estratégico, mientras los países europeos argumentan que el comportamiento ruso demuestra precisamente la necesidad de reforzar la Alianza Atlántica.
El peligro aparece en los márgenes de esa confrontación.
Un misil que cruce accidentalmente una frontera, un ataque contra instalaciones de un país miembro de la OTAN o una interpretación errónea de determinadas operaciones militares podrían generar presiones para una respuesta que ninguna de las partes hubiera previsto inicialmente.
La posibilidad de que los conflictos de Ucrania y Oriente Medio comiencen a interactuar tampoco es ya puramente teórica. Análisis recientes han señalado que operaciones ucranianas contra intereses vinculados a Irán y la cooperación entre Moscú y Teherán introducen nuevas conexiones entre dos escenarios bélicos hasta ahora fundamentalmente separados.
Oriente Medio, una red de conflictos superpuestos
El segundo gran foco se encuentra en Oriente Medio.
Las tensiones entre Israel e Irán, los conflictos en Gaza y Líbano y la inestabilidad en Irak y Yemen forman un entramado donde intervienen directamente o mediante aliados numerosas potencias regionales y actores internacionales.
El problema de esa arquitectura de conflictos es que una escalada localizada puede extenderse rápidamente.
Un enfrentamiento entre Israel e Irán puede involucrar intereses estadounidenses; una crisis en el Golfo puede afectar rutas energéticas internacionales; y las operaciones de grupos aliados de Teherán pueden provocar respuestas militares en varios países.
La reciente guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ya mostró cómo una confrontación inicialmente centrada en unos pocos actores podía extender sus consecuencias a numerosos Estados de Oriente Medio. El Financial Times señaló recientemente que las guerras de Europa y Oriente Medio siguen siendo esencialmente distintas, aunque comienzan a surgir conexiones que aumentan el riesgo de una escalada más amplia.
Esa situación obliga a las grandes potencias a gestionar simultáneamente distintas crisis en espacios geográficos que anteriormente podían tratar de manera relativamente independiente.
China, Estados Unidos y el factor Taiwán
La tercera pieza del tablero es Asia.
La competencia entre Estados Unidos y China abarca comercio, tecnología avanzada, cadenas de suministro, poder naval y, sobre todo, Taiwán.
Una eventual crisis militar en torno a la isla coincidiendo con una guerra prolongada en Europa y un conflicto de gran escala en Oriente Medio obligaría a Washington y sus aliados a gestionar simultáneamente varios teatros estratégicos.
Este escenario aparece con frecuencia entre las principales preocupaciones de especialistas en seguridad internacional.
China ha intensificado en los últimos años sus ejercicios militares alrededor de Taiwán, mientras Estados Unidos mantiene compromisos de apoyo a la capacidad defensiva de la isla.
El riesgo no es únicamente una invasión deliberada. También puede surgir de bloqueos, ejercicios militares, incidentes navales o aéreos y respuestas políticas que provoquen una escalada no prevista.
Análisis recientes coinciden en que una crisis simultánea en Europa, Oriente Medio y Asia supondría una presión excepcional sobre el sistema internacional y las capacidades militares de las principales potencias.
Una guerra mundial diferente
Una eventual conflagración global tampoco tendría necesariamente las mismas características que las guerras mundiales del siglo XX.
A los ejércitos, aviones, buques y misiles se suman ahora el ciberespacio, los ataques contra satélites, la guerra informativa, la inteligencia artificial y la competencia por semiconductores, minerales estratégicos, energía y cadenas de suministro.
Una confrontación entre grandes potencias podría desarrollarse simultáneamente en ámbitos militares, económicos, tecnológicos y digitales.
Eso también dificulta establecer con claridad dónde comienza una guerra.
Un ciberataque contra una red eléctrica, el sabotaje de infraestructura submarina o una operación contra sistemas financieros puede provocar daños estratégicos similares a los de una acción militar tradicional sin necesidad de disparar un solo proyectil.
La Primera Guerra Mundial como advertencia
Perry recurre al ejemplo de 1914 para recordar que las grandes guerras no siempre tienen la dimensión que sus protagonistas imaginan cuando comienzan.
El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo desencadenó una crisis entre Austria-Hungría y Serbia.
En pocas semanas, la interacción entre ultimátums, movilizaciones militares, alianzas y decisiones políticas arrastró al conflicto a Alemania, Rusia, Francia, Reino Unido y posteriormente a otras potencias.
La principal enseñanza de aquel episodio no es que la historia vaya a repetirse de la misma manera, sino que los gobiernos pueden controlar el inicio de determinadas acciones sin controlar necesariamente sus consecuencias.
Hoy existe, además, un elemento que diferencia radicalmente el panorama: las armas nucleares.
Durante la Guerra Fría, el temor a la destrucción mutua ayudó a contener las confrontaciones directas entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Pero la proliferación de actores, conflictos regionales, alianzas menos rígidas y nuevas tecnologías militares hace que la gestión de una crisis sea más compleja.
Una transición turbulenta
Perry no sostiene que el mundo se encuentre inevitablemente camino de una Tercera Guerra Mundial.
Su advertencia apunta, más bien, al peligro de asumir que cada conflicto permanecerá indefinidamente dentro de sus propias fronteras y que las grandes potencias siempre serán capaces de controlar la escalada.
La amenaza principal sería la simultaneidad: una crisis grave en Europa mientras Oriente Medio permanece en guerra y una tensión militar emerge paralelamente en Asia.
El sistema internacional atraviesa además una etapa de transformación en la que las reglas de disuasión heredadas de la Guerra Fría pierden parte de su eficacia y la competencia entre las grandes potencias vuelve a ocupar el centro de las relaciones internacionales.
Distintos análisis publicados en los últimos meses han llegado a conclusiones similares: las guerras actuales permanecen fundamentalmente separadas, pero las conexiones entre ellas son cada vez más visibles y multiplican las posibilidades de errores de cálculo.
La expresión “Tercera Guerra Mundial” puede resultar exagerada si se presenta como una predicción inevitable, pero funciona como advertencia sobre una realidad menos espectacular y quizá más relevante: cuanto mayor sea el número de crisis abiertas simultáneamente, más difícil será impedir que una de ellas termine arrastrando a las demás.
En ese escenario, la diplomacia, los canales de comunicación entre adversarios y la capacidad de limitar las represalias adquieren tanta importancia como las capacidades militares.
Las guerras mundiales, recuerda el análisis, no necesariamente empiezan como guerras mundiales.
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