Madrid, 1 ago (SANA) Las guerras de Ucrania y Oriente Medio, aunque mantienen dinámicas y objetivos diferentes, están dejando de ser conflictos aislados para convertirse en escenarios cada vez más conectados por alianzas militares, rutas de suministro, operaciones encubiertas y rivalidades entre grandes potencias.
Un análisis publicado por el diario británico Financial Times advierte de que las guerras en Europa y Oriente Medio comienzan a superponerse, mientras las tensiones en Asia oriental añaden un tercer foco de inestabilidad con capacidad para alterar el equilibrio internacional.
La posibilidad de una guerra mundial continúa siendo remota, pero el riesgo de una escalada más amplia aumenta a medida que se multiplican los actores involucrados, los ataques atraviesan fronteras y las decisiones adoptadas en un frente repercuten sobre los demás.
Más que una confrontación global deliberadamente planificada, el principal peligro reside en una cadena de represalias, errores de cálculo y compromisos entre aliados que termine arrastrando a nuevos países a conflictos que inicialmente no les pertenecían.
Conflictos que comienzan a entrelazarse
La guerra de Ucrania ya no se desarrolla únicamente en territorio ucraniano o ruso. Kiev amplió el alcance de sus operaciones mediante ataques de larga distancia contra infraestructuras energéticas, instalaciones militares, centros logísticos y rutas utilizadas por Moscú para sostener su ofensiva.
El conflicto adquirió una dimensión aún mayor con la cooperación militar entre Rusia, Irán y Corea del Norte. Teherán proporcionó a Moscú drones y otros recursos empleados en Ucrania, mientras Pyongyang reforzó el apoyo ruso con municiones y efectivos militares.
El Financial Times señala que Ucrania reconoció ataques contra embarcaciones iraníes en el mar Caspio que, según Kiev, transportaban carga militar hacia Rusia. Irán, por su parte, acusó a las fuerzas ucranianas de hundir un buque mercante y causar la muerte de un marinero.
Este tipo de operaciones muestra cómo una guerra europea puede extenderse hacia Asia y Oriente Medio a través de las cadenas de suministro militar.
Kiev considera a Irán parte indirecta del conflicto por su respaldo a Moscú, mientras Teherán podría interpretar los ataques ucranianos como una participación directa en la ofensiva estadounidense e israelí contra sus intereses.
La conexión entre ambos frentes también se refleja en las necesidades de defensa aérea. La guerra de Irán incrementó la demanda de sistemas como los Patriot y obliga a los aliados occidentales a decidir cómo distribuir recursos limitados entre Ucrania y sus socios de Oriente Medio.
El peligro de los países fronterizos
Uno de los mayores riesgos de escalada se concentra en los Estados situados entre las principales zonas de conflicto, particularmente en Europa oriental, el Cáucaso y el Báltico.
Misiles o drones desviados de su trayectoria pueden penetrar accidentalmente en el espacio aéreo de países miembros de la OTAN, provocar víctimas o causar daños en infraestructuras estratégicas.
Un incidente de ese tipo obligaría a determinar rápidamente si se trató de un accidente, una provocación o un ataque deliberado, en un contexto en el que los gobiernos disponen de poco tiempo para tomar decisiones.
La presencia de tropas, aeronaves y sistemas de defensa de múltiples países aumenta asimismo el riesgo de identificaciones erróneas y respuestas desproporcionadas.
El investigador Yossi Mekelberg, especialista del programa para Oriente Medio y el norte de África de Chatham House, ha advertido en distintos análisis sobre el peligro de que los dirigentes inicien operaciones con objetivos limitados y terminen enfrentándose a conflictos mucho más amplios de lo previsto.
La historia demuestra que las guerras no siempre se expanden como resultado de una decisión consciente. También pueden hacerlo por acumulación de compromisos, represalias y percepciones equivocadas sobre las intenciones del adversario.
Oriente Medio, energía y comercio mundial
La confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel amplió el número de países expuestos directa o indirectamente a ataques, especialmente aquellos que albergan bases estadounidenses o cooperan militarmente con Washington.
Los ataques contra instalaciones energéticas, puertos, petroleros y rutas comerciales elevan el impacto del conflicto más allá del terreno militar.
El estrecho de Ormuz y las rutas próximas al golfo de Omán son esenciales para el transporte mundial de hidrocarburos, por lo que cualquier interrupción prolongada puede traducirse en aumentos de precios, problemas de abastecimiento y alteraciones del comercio internacional.
El exfuncionario estadounidense Brett McGurk ha destacado en intervenciones sobre seguridad energética que una escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos tendría consecuencias que superarían ampliamente el ámbito regional, especialmente por su repercusión sobre el petróleo y el gas.
A ello se suma la actividad de los hutíes en Yemen y el riesgo de nuevas confrontaciones en el mar Rojo, una ruta fundamental para el transporte marítimo entre Asia y Europa.
La guerra iraní ya generó efectos sobre los mercados energéticos, las cadenas tecnológicas de suministro y el equilibrio entre las principales potencias, según varios centros de análisis especializados.
Corea del Norte y la dimensión asiática
La creciente participación de Corea del Norte en apoyo de Rusia conecta la guerra de Ucrania con la seguridad del noreste asiático.
Pyongyang obtiene ingresos, experiencia de combate y posibles beneficios tecnológicos a cambio del envío de municiones y tropas, mientras Moscú refuerza su capacidad para sostener una guerra prolongada.
El temor de Corea del Sur y Japón es que Rusia transfiera a Corea del Norte conocimientos avanzados en materia de misiles, satélites, aviación o tecnología submarina.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, advirtió recientemente de posibles nuevos despliegues de soldados norcoreanos para apoyar a Rusia, una circunstancia que, según el análisis del Financial Times, profundizaría la internacionalización del conflicto.
La cooperación ruso-norcoreana puede provocar a su vez una mayor implicación surcoreana en el respaldo a Ucrania, reproduciendo el mismo ciclo de acción y reacción observado en otros frentes.
China, el actor decisivo
China representa el factor con mayor capacidad para modificar la naturaleza de estas guerras.
Pekín proclama una posición neutral sobre Ucrania y niega participar directamente en el conflicto, pero mantiene amplios vínculos económicos y comerciales con Rusia.
Según analistas citados por el Financial Times, el suministro chino de maquinaria, componentes electrónicos y productos de doble uso ayudó a Moscú a reconstruir su capacidad industrial y militar pese a las sanciones occidentales.
China también conserva relaciones estrechas con Irán, aunque las informaciones sobre posibles suministros de sistemas de defensa aérea u otras armas han sido negadas por las autoridades implicadas. La asistencia china a Rusia e Irán es más discreta que la ofrecida por Corea del Norte, pero puede resultar más importante por el peso económico, tecnológico e industrial de Pekín.
Al mismo tiempo, el aumento de las maniobras militares chinas alrededor de Taiwán obliga a Estados Unidos a distribuir su atención y sus recursos entre Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico.
Washington teme que una crisis simultánea en varios escenarios reduzca su capacidad de respuesta y presente a sus adversarios una oportunidad para alterar el equilibrio de poder.
Alianzas sin un mando común
Rusia, China, Irán y Corea del Norte no forman una alianza militar equivalente a la OTAN ni poseen un mando conjunto.
Sin embargo, comparten el interés de reducir la influencia de Estados Unidos y modificar un orden internacional que consideran dominado por Washington.
El Financial Times señala que algunos estrategas estadounidenses describen esa cooperación como un “eje de adversarios”, aunque las relaciones entre esos países se basan más en intereses coincidentes que en una alianza formal.
En el otro lado tampoco existe un bloque completamente cohesionado. Estados Unidos mantiene compromisos con Ucrania, Israel, los países del Golfo y sus aliados asiáticos, pero las prioridades e intereses de esos socios no siempre coinciden.
Las divisiones entre los aliados occidentales sobre Gaza, Irán, el gasto militar o la estrategia frente a Rusia dificultan la creación de una respuesta unificada.
Esta ausencia de bloques perfectamente definidos diferencia el escenario actual de las dos guerras mundiales, pero también lo vuelve más imprevisible.
Una guerra global todavía evitable
Los conflictos de Ucrania e Irán no constituyen por ahora una única guerra mundial, pues conservan mandos, objetivos y teatros de operaciones distintos.
No obstante, sus conexiones son cada vez más visibles: armas iraníes utilizadas por Rusia, tropas norcoreanas desplegadas en Europa, operaciones ucranianas contra intereses de Teherán, tecnología china destinada a sostener la industria rusa y recursos occidentales repartidos entre varios frentes.
El riesgo fundamental no es que las potencias decidan de forma simultánea iniciar una confrontación global, sino que pierdan progresivamente el control sobre las consecuencias de sus propias acciones.
Cada ataque contra un tercer país, cada incidente fronterizo y cada nuevo compromiso con un aliado estrecha el margen disponible para la diplomacia.
La experiencia histórica muestra que la combinación de guerras regionales, alianzas enfrentadas y errores de cálculo entre grandes potencias puede producir consecuencias mucho mayores que las previstas inicialmente.
Evitar ese desenlace exigirá canales permanentes de comunicación, límites claros a las operaciones militares, mecanismos para gestionar incidentes y, sobre todo, soluciones políticas capaces de interrumpir el actual ciclo de ataques y represalias.
Sin esos instrumentos, las guerras regionales pueden seguir conectándose hasta formar una confrontación transcontinental cuya evolución ya no dependa por completo de ninguno de sus protagonistas.
fm/em