Damasco, 11 ago (SANA) El acuerdo de defensa suscrito por Arabia Saudí, Türkiye y Pakistán introduce una nueva variable en el complejo tablero de Oriente Medio: el intento de pasar de una política centrada en contener las crisis una vez desatadas a otra basada en la disuasión colectiva para evitar que lleguen a producirse.
El denominado Acuerdo de La Meca para la Defensa Conjunta, firmado el 7 de agosto, establece que un ataque armado contra cualquiera de los tres países será considerado una agresión contra todos ellos, un principio que acerca el entendimiento a una fórmula de seguridad colectiva hasta ahora poco habitual entre potencias de perfiles tan distintos.
Su aparición se produce después de dos años de fuertes convulsiones regionales, marcados por la guerra en Gaza, la multiplicación de frentes de tensión, las hostilidades entre Israel e Irán y la creciente inseguridad en rutas marítimas consideradas esenciales para el comercio y el transporte energético.
Más que constituir una alianza entre países con capacidades similares, el nuevo mecanismo se apoya precisamente en sus diferencias: el peso económico y político saudí, la industria militar y experiencia operativa turcas y la profundidad estratégica y capacidad militar de Pakistán.
De gestionar crisis a intentar prevenirlas
La principal novedad del pacto reside en el cambio de filosofía que plantea para la seguridad regional.
Durante décadas, buena parte de las crisis en Oriente Medio han sido abordadas mediante negociaciones diplomáticas, mediaciones de emergencia o mecanismos destinados a impedir una escalada después de que comenzaran las hostilidades.
El Acuerdo de La Meca parte de una lógica diferente: elevar de antemano el coste político y militar de una agresión contra cualquiera de sus miembros.
La idea no supone necesariamente relegar la diplomacia, sino dotarla de una capacidad disuasoria adicional.
Bekir Atacan, analista turco especializado en Oriente Medio, considera que el pacto representa el paso de una diplomacia sustentada esencialmente en el diálogo a otra respaldada por instrumentos capaces de proteger ese diálogo.
“La diplomacia necesita una fuerza que la proteja”, resumió el experto en declaraciones a SANA.
Desde esta perspectiva, un Estado con capacidad para mediar puede facilitar contactos y rebajar tensiones, pero difícilmente podrá contener una escalada si carece de influencia suficiente para modificar los cálculos de seguridad de los actores enfrentados.
La disuasión colectiva pretende precisamente intervenir en ese cálculo: hacer que cualquier país o actor valore no solo la respuesta de un Estado concreto, sino las posibles consecuencias de enfrentarse simultáneamente a tres socios.
Tres países y capacidades diferentes
Arabia Saudí aporta al pacto una considerable capacidad financiera, influencia política en el mundo árabe y una posición geográfica particularmente sensible entre el golfo Pérsico y el mar Rojo.
Para Riad, la seguridad regional está además íntimamente relacionada con la protección de sus exportaciones energéticas y con los ambiciosos programas económicos de Visión 2030, cuya ejecución necesita estabilidad, inversiones y corredores comerciales previsibles.
Türkiye representa otro componente de la ecuación.
Además de pertenecer a la OTAN, Ankara ha desarrollado durante los últimos años una potente industria de defensa, especialmente en aeronaves no tripuladas, sistemas electrónicos, plataformas navales y tecnologías aeroespaciales.
Su posición entre Europa, Asia y Oriente Medio le permite asimismo proyectarse sobre varios escenarios estratégicos simultáneamente.
Pakistán aporta un elemento diferente.
Su experiencia militar, posición próxima al mar Arábigo y al golfo Pérsico y condición de potencia nuclear amplían la profundidad estratégica del entendimiento y otorgan al pacto un alcance que supera estrictamente el espacio árabe.
La combinación de estos factores es posiblemente más relevante que el tamaño individual de cada uno de los componentes militares.
El valor del acuerdo dependerá, sin embargo, de hasta qué punto esa complementariedad se traduce en mecanismos reales de coordinación, intercambio de inteligencia, planificación y cooperación operativa.
Pakistán, entre mediación y disuasión
El papel de Islamabad resulta especialmente significativo porque Pakistán ha participado tradicionalmente en iniciativas diplomáticas destinadas a rebajar tensiones entre actores regionales.
Su incorporación a un pacto de defensa colectiva no necesariamente contradice esa vocación mediadora.
La tesis de sus defensores es que la capacidad de mediación puede incluso aumentar cuando está acompañada de suficiente peso estratégico como para hacer menos atractiva una escalada militar.
De esta forma, el acuerdo intenta combinar dos instrumentos que frecuentemente se consideran contradictorios: diálogo y disuasión.
La primera opción busca impedir que las diferencias deriven en un conflicto; la segunda aspira a aumentar las consecuencias de recurrir a la fuerza cuando fracasan los mecanismos políticos.
La eficacia del modelo dependerá en buena medida de que esa disuasión sea percibida como defensiva y no como la aparición de un nuevo bloque susceptible de alimentar una carrera de alianzas en una región ya profundamente militarizada.
La seguridad marítima, primer gran desafío
Uno de los ámbitos donde podría adquirir mayor importancia la cooperación entre Riad, Ankara e Islamabad es la protección de las rutas marítimas.
El mar Rojo, el golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz y las rutas que conectan el océano Índico con el Mediterráneo constituyen arterias fundamentales para el transporte de hidrocarburos y mercancías.
Los ataques contra buques y la creciente utilización de las rutas marítimas como instrumentos de presión política y militar demostraron hasta qué punto una crisis relativamente localizada puede tener consecuencias económicas internacionales.
Atacan apunta que el efecto más inmediato del acuerdo no tiene por qué ser un despliegue militar conjunto.
La cooperación podría comenzar mediante intercambio de inteligencia, coordinación de sistemas de vigilancia, defensa de puertos e instalaciones estratégicas y fortalecimiento de las capacidades antiaéreas, antimisiles y marítimas.
Este tipo de coordinación podría tener efectos que trasciendan el ámbito militar.
Una percepción de mayor seguridad en corredores estratégicos podría reducir la incertidumbre que influye en los seguros marítimos, los costes del transporte y, eventualmente, los mercados energéticos.
No obstante, un pacto de defensa no garantiza por sí mismo la seguridad de esas rutas, que dependen también de la evolución de las confrontaciones regionales y de las relaciones entre actores que no forman parte del acuerdo.
Seguridad para proteger el desarrollo
El pacto contiene además una dimensión económica que ayuda a explicar el interés de sus tres integrantes.
Arabia Saudí necesita estabilidad para ejecutar sus grandes programas de diversificación económica; Turquía ocupa una posición central en las rutas comerciales entre Asia y Europa, mientras Pakistán aspira a aprovechar los corredores que unen el sur de Asia con Oriente Medio.
Para los tres, una alteración prolongada de las rutas marítimas, un aumento constante del riesgo geopolítico o una expansión de los conflictos supondrían mayores costes económicos.
En esa lógica, la disuasión no sería un objetivo exclusivamente militar, sino una herramienta para proteger inversiones, corredores comerciales, proyectos de infraestructura y planes de desarrollo.
Esta relación entre seguridad y economía explica también por qué los firmantes insisten en presentar el mecanismo como un instrumento de estabilidad y no como una alianza contra un país determinado.
¿Una nueva arquitectura regional?
El interrogante ahora es si el Acuerdo de La Meca permanecerá como un entendimiento limitado a sus tres fundadores o terminará convirtiéndose en el núcleo de una estructura de seguridad más amplia.
Según el planteamiento divulgado por sus promotores, el mecanismo no busca sustituir las alianzas existentes de Arabia Saudí, Turquía o Pakistán.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha señalado además que el marco podría permanecer abierto a otros países interesados en contribuir a la estabilidad regional.
Una eventual ampliación modificaría sustancialmente su significado político.
Un pacto limitado a tres Estados podría funcionar como instrumento específico de coordinación, pero la adhesión de nuevos actores lo acercaría progresivamente a una arquitectura regional de defensa con implicaciones mucho mayores para los equilibrios existentes.
La cuestión fundamental será hasta qué punto sus miembros son capaces de convertir una declaración de defensa mutua en estructuras de cooperación suficientemente creíbles sin provocar, al mismo tiempo, nuevas percepciones de amenaza entre otros actores regionales.
Ahí reside posiblemente la principal paradoja del acuerdo: para que la disuasión contribuya a la estabilidad tiene que resultar suficientemente fuerte como para desalentar una agresión, pero suficientemente contenida como para no convertirse ella misma en un nuevo factor de escalada.
Tras años en los que las crisis de Oriente Medio han demostrado su capacidad para expandirse rápidamente desde los campos de batalla hacia las rutas marítimas, los mercados energéticos y las economías de países alejados de los combates, Arabia Saudí, Türkiye y Pakistán parecen apostar por una ecuación diferente.
El éxito del Acuerdo de La Meca dependerá de si esa fórmula logra hacer de la fuerza un respaldo para la diplomacia y no un sustituto de ella.
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