Capitales, 17 jun (SANA) La transición energética y la revolución tecnológica han convertido a los minerales críticos en uno de los principales factores de competencia geopolítica del siglo XXI.
Más allá de su papel en la fabricación de baterías, vehículos eléctricos o semiconductores, recursos como el litio, el cobalto, el níquel, el grafito y las tierras raras se han transformado en activos estratégicos capaces de influir en las políticas industriales, las cadenas globales de suministro y las relaciones internacionales.
La creciente preocupación de las principales economías occidentales por la elevada dependencia de China en este sector ha impulsado una serie de iniciativas destinadas a diversificar el abastecimiento y reducir la vulnerabilidad frente a posibles interrupciones comerciales o tensiones geopolíticas.
En este contexto, Francia, que ejerce la presidencia del G7, ha promovido una declaración conjunta sobre minerales críticos para reforzar la cooperación entre las economías industrializadas y fomentar inversiones destinadas a fortalecer las cadenas de suministro alternativas.
Una ventaja construida durante décadas
El interés estratégico por estos recursos responde a su importancia en industrias consideradas esenciales para el futuro económico y tecnológico. Los minerales críticos son indispensables para la producción de baterías de alta capacidad, turbinas eólicas, centros de datos, paneles solares, dispositivos electrónicos y sistemas avanzados de defensa.
Las previsiones apuntan a un fuerte incremento de la demanda mundial. Según estimaciones de la United Nations Conference on Trade and Development, el consumo de litio podría aumentar más de un 350 por ciento hasta 2040, mientras que la demanda de grafito crecería por encima del 130 por ciento.
Sin embargo, la verdadera relevancia estratégica no reside únicamente en la extracción de estos materiales, sino en su procesamiento y refinación, actividades que requieren inversiones elevadas, conocimientos técnicos especializados y cadenas industriales altamente integradas.
China ha desarrollado durante décadas una posición dominante en este ámbito gracias a una política sostenida de inversiones en minería, infraestructuras industriales y desarrollo tecnológico. Actualmente concentra alrededor del 60 por ciento de la producción mundial de tierras raras y controla cerca del 90 por ciento de la capacidad global de refinación y procesamiento de estos materiales. También mantiene una posición destacada en la producción de grafito natural y otros minerales estratégicos.
Esta estructura integrada proporciona a Pekín una importante capacidad de influencia sobre sectores industriales clave y ha despertado inquietud entre las principales economías occidentales.
Occidente busca diversificar mientras emergen nuevos actores
La respuesta de Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados ha consistido en acelerar acuerdos de cooperación y fomentar nuevas inversiones para reducir la dependencia de las cadenas de suministro dominadas por China.
En los últimos meses, Washington y Bruselas han reforzado su colaboración en materia de exploración, extracción, refinación y reciclaje de minerales críticos, mientras Estados Unidos ha impulsado la creación de una reserva estratégica de tierras raras destinada a proteger sus industrias frente a posibles interrupciones del suministro.
Paralelamente, países como Japón y el Reino Unido han ampliado sus mecanismos de cooperación en este sector, con el objetivo de construir cadenas de suministro más resistentes junto a otros miembros del G7 y socios estratégicos.
En este escenario, Brazil ha adquirido una relevancia creciente. El país sudamericano posee, según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos, las segundas mayores reservas mundiales de tierras raras, lo que ha despertado el interés de empresas estadounidenses, europeas y australianas que buscan desarrollar nuevos proyectos de extracción y procesamiento.
No obstante, los especialistas coinciden en que reducir el predominio chino será un proceso complejo y prolongado. La puesta en marcha de nuevas minas e instalaciones industriales requiere inversiones multimillonarias y largos periodos de desarrollo, mientras que China conserva ventajas acumuladas en experiencia técnica, infraestructura y economías de escala.
Más que una disputa comercial coyuntural, la competencia por los minerales críticos refleja una transformación profunda de la economía internacional, donde el acceso a los recursos necesarios para la transición energética y la digitalización se perfila como uno de los principales factores de poder global.
Las proyecciones de organismos internacionales apuntan a que esta carrera influirá en las políticas industriales, los flujos de inversión y las relaciones económicas durante las próximas décadas, mientras China continuará desempeñando un papel central en un mercado cuya importancia estratégica no deja de crecer.
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