Damasco, 11 may (SANA) Durante siglos, la llegada del mes de shawwal, el mes posterior de Ramadan, transformaba a Damasco en el gran punto de encuentro de los peregrinos musulmanes rumbo a La Meca.
Las calles de la capital siria se llenaban de caravanas llegadas desde Persia, Anatolia, Asia Central y los Balcanes, mientras resonaban plegarias y cánticos religiosos en una de las tradiciones más emblemáticas del mundo islámico: el mahmal sirio.
Más que una simple caravana de peregrinación, el mahmal representaba una ceremonia espiritual, política y cultural que simbolizaba el vínculo histórico entre Siria y las ciudades sagradas del islam.
La investigadora de patrimonio Nayla al Jadraa explica a SANA que, tras la expansión islámica, Damasco se convirtió en uno de los principales centros de reunión de peregrinos procedentes de Oriente.
Miles de viajeros llegaban meses antes de la partida y se instalaban en hospederías religiosas conocidas como zawiyas, identificadas por el origen de sus huéspedes, como la ‘Zawiya de los Indios’ o la ‘Zawiya de los Mosulíes’.
Damasco vivía entonces una intensa actividad comercial y religiosa. Los mercados se llenaban de visitantes y se mezclaban lenguas, vestimentas y costumbres de distintas regiones del mundo musulmán.
Según la investigadora, el número de peregrinos oscilaba entre 20.000 y 40.000 personas, dependiendo de las condiciones políticas, económicas y climáticas. Completar el viaje y regresar con vida era considerado una bendición digna de celebración colectiva.

El símbolo del poder y la fe
El mahmal era el elemento central de la caravana. Consistía en una estructura de madera con forma piramidal o de cúpula, recubierta de seda bordada y adornos preciosos, colocada sobre un camello especialmente ornamentado.
En su interior se transportaban ejemplares del Corán cubiertos con telas de seda. El camello avanzaba lentamente entre cánticos religiosos y oraciones, acompañado por multitudes que despedían a los peregrinos con lágrimas y bendiciones.
Al Jadraa señaló que el mahmal no formaba parte de los rituales de la peregrinación, sino que representaba el prestigio político y religioso de la autoridad encargada de proteger las rutas de peregrinación y custodiar los lugares santos del islam.
El origen de esta tradición se remonta, según algunas fuentes históricas, al siglo XIII. En Siria, el primer mahmal habría sido enviado por el sultán mameluco Baibars en 1266 para reafirmar el papel de Damasco en la ruta hacia el Hiyaz, la región del oeste de la actual Arabia Saudí que alberga las ciudades sagradas de La Meca y Medina.

Cuatro días de celebraciones en Damasco
Las festividades vinculadas a la partida del mahmal figuraban entre las celebraciones populares más importantes de la ciudad.
Los actos comenzaban tras el Eid al Fitr (Fiesta del Fin de Ramadán) con ceremonias dedicadas a preparar aceite, velas y perfumes destinados a los santuarios de La Meca y Medina.
Uno de los momentos más esperados era el llamado “Día del Estandarte”, cuando una gran bandera de terciopelo bordada con versos coránicos y los nombres de los primeros califas salía en procesión desde la ciudadela de Damasco.
Al día siguiente partía oficialmente el mahmal, acompañado por ulemas, órdenes sufíes, soldados, jinetes y grupos de peregrinos. Las calles se impregnaban de incienso mientras la multitud repetía la tradicional invocación del peregrino: Labbayka Allahumma labbayk, (Aquí estoy, Dios mío, respondiendo a tu llamado), en español.
La procesión recorría distintos barrios de Damasco antes de dirigirse hacia el sur, donde la caravana permanecía varios días hasta completar los preparativos del viaje.
Una travesía de meses por el desierto
La ruta desde Damasco hasta Medina duraba alrededor de 40 días, seguidos de otros diez hasta La Meca. El regreso podía extenderse cerca de dos meses adicionales.
Los peregrinos atravesaban desiertos y regiones inhóspitas en condiciones extremadamente difíciles. Para garantizar la supervivencia de la caravana participaban aguadores, cuidadores de camellos, encargados de tiendas y guías especializados.
Las autoridades otomanas negociaban además acuerdos con tribus beduinas para asegurar la protección del trayecto a cambio de dinero, cereales y regalos, un sistema conocido como “surra”.
Pese a ello, las caravanas eran ocasionalmente atacadas por saqueadores, por lo que el cargo de “Emir del Hach”, responsable de la seguridad de los peregrinos, era considerado uno de los puestos más prestigiosos del Estado.
Del ferrocarril a los vuelos modernos
La tradición comenzó a cambiar a comienzos del siglo XX con la construcción del ferrocarril del Hiyaz impulsado por el sultán otomano Abdulhamid II, destinado a facilitar el desplazamiento de los peregrinos entre Damasco y Medina.
Décadas más tarde, los autobuses sustituyeron parcialmente las caravanas y, desde los años ochenta, los vuelos entre Siria y Arabia Saudí redujeron un trayecto de varios meses a apenas unas horas.
Sin embargo, el mahmal sirio permanece vivo en la memoria colectiva de los sirios como uno de los capítulos más evocadores de la historia de Damasco: una ciudad que durante siglos despidió a los peregrinos entre plegarias y recibió su regreso con celebraciones, lágrimas y esperanza.
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