Hama, 14 ene (SANA) En medio de la inmensidad del desierto sirio se alza el palacio de Ibn Wardan, una joya arqueológica envuelta en historia, leyenda y belleza.
El viajero británico Wilfred Thesiger lo describió magistralmente en su obra Arenas de Arabia, al relatar cómo, tras contemplar el vasto desierto que se extiende a lo largo de más de 1.500 millas hasta los huertos que rodean Damasco, una brisa reveló ante sus ojos aquel palacio abandonado, visitado antaño por Lawrence de Arabia y construido ,según la tradición local, con arcilla amasada en agua de rosas.
Esta evocadora imagen resume el valor simbólico y cultural de Ibn Wardan, considerado uno de los innumerables tesoros que alberga el desierto sirio. Su arquitectura destaca por una singular combinación de elegancia y sobriedad, así como por su aislamiento, que intensifica la impresión de misterio y solemnidad que experimentan los visitantes.

De acuerdo con especialistas en arquitectura, el complejo incluye una iglesia cuyo estilo guarda una notable similitud con la basílica de San Vital de Rávena, en Italia. Ambas edificaciones fueron levantadas durante el reinado del emperador bizantino Justiniano, lo que refuerza la conexión histórica entre Siria y Constantinopla, capital del Imperio Bizantino.
El palacio fue diseñado por el arquitecto griego Isidoro de Mileto, y se convirtió en la primera edificación en Siria construida siguiendo el modelo de las estructuras imperiales de Constantinopla. Este hecho marcó un hito en la arquitectura de la región y subrayó la importancia estratégica y cultural del lugar.
En cuanto al origen de su nombre, los arqueólogos sostienen que “Ibn Wardan” fue una denominación otorgada por los beduinos del desierto, quienes solían nombrar lugares y construcciones en honor a la primera persona que los ocupaba o dominaba.
La primera referencia académica al palacio apareció en 1884 en la Revista Arqueológica publicada en Austria y redactada en alemán por el orientalista Johann Mordtmann. Posteriormente, en 1920, una descripción más detallada acompañada de inscripciones y fotografías fue publicada por la misión arqueológica estadounidense de la Universidad de Princeton.
Belleza, soledad y fragancia
Más allá de su valor arquitectónico, Ibn Wardan cautiva por su emplazamiento solitario en el desierto, un rasgo que intensifica su atractivo y lo convierte en un monumento de profunda carga estética y espiritual.

Una antigua leyenda explica el origen del característico aroma que emana del palacio. Se dice que una vidente advirtió a un rey de que su único hijo moriría al cumplir veinte años, víctima de la picadura de un escorpión. Desesperado, el monarca ordenó construir el palacio y mezclar los materiales de edificación con agua de rosas y almizcle, ya que se creía que estas fragancias ahuyentaban a los escorpiones.
Hasta hoy, según los habitantes de la región, cuando la lluvia cae sobre los muros del palacio, aún se desprende un sutil aroma de rosas y almizcle desde las piedras, como un eco persistente de aquella antigua creencia.
El aroma perdido bajo el estruendo de la guerra
Lamentablemente, este símbolo del patrimonio sirio no escapó a la devastación de la guerra. Durante la campaña de destrucción y saqueo llevada a cabo por el grupo terrorista Daesh.
Así, el olor de la pólvora sustituyó al de las rosas, dejando profundas cicatrices en un monumento que durante siglos había resistido al tiempo y al desierto, pero no a la violencia humana.
Tras la liberación, Ibn Wardan inició una etapa de recuperación y protección, en la que el palacio volvió a ser reconocido como un símbolo del patrimonio sirio y de la resiliencia cultural frente a la destrucción, pese a que aún conserva las huellas de la guerra.
Por Watfe Salloum

