Washington-La Habana, 18 mar (SANA) Cuba vuelve a estar en el centro de las tensiones con Estados Unidos, no como un tema tradicional en las relaciones bilaterales, sino como el foco de un conflicto renovado que emplea diversas herramientas, desde sanciones económicas hasta amenazas políticas directas.
Las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre la “toma” de la isla, sumadas a la asfixiante presión económica, reflejan el giro de Washington hacia una fase más agresiva en el manejo de este asunto.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel respondió reafirmando la resistencia de su país a cualquier agresión externa, y enfatizó la soberanía de la isla y su disposición al diálogo en igualdad de condiciones.
El escenario venezolano
En una escalada sin precedentes, Trump habló del “honor de anexar Cuba”, coincidiendo con filtraciones sobre la presión estadounidense para forzar la renuncia del presidente cubano, en un escenario que recuerda a lo ocurrido en Venezuela.
Aunque estas propuestas a veces se presentan como “posibles acuerdos”, su esencia refleja un enfoque basado en la destitución del liderazgo actual sin derrocar completamente el régimen, la apertura de la economía cubana al mercado estadounidense y la imposición de cambios políticos graduales bajo presión.
Por el contrario, el presidente cubano insiste en que su país no cederá al chantaje y que el diálogo con Washington debe darse en igualdad de condiciones.
El arma energética: la táctica de presión más eficaz
El cambio más significativo en la política estadounidense es el uso de la energía como táctica de presión directa. Tras endurecer las restricciones al suministro de petróleo, especialmente el procedente de Venezuela, Cuba entró en una grave crisis energética que provocó apagones generalizados de largas horas, interrumpiendo servicios esenciales, afectando al sector sanitario y obligando a posponer miles de cirugías en medio de crecientes protestas populares.
Informes de la ONU indican que la escasez de combustible incluso está dificultando la entrega de ayuda humanitaria, profundizando la dimensión social de la crisis.
Crisis de electricidad y combustible: Desafíos persistentes
Cuba sufrió un apagón nacional de más de 29 horas debido a la escasez de combustible impuesta por el embargo estadounidense. Esto afectó significativamente la vida de los residentes y los servicios esenciales, incluyendo hospitales y procedimientos quirúrgicos.
Las autoridades cubanas confirmaron el restablecimiento total de la red eléctrica nacional, incluyendo la mayor central termoeléctrica. Sin embargo, advirtieron que la escasez de energía podría persistir debido a la insuficiente producción para satisfacer la creciente demanda.
La situación se vio agravada por las condiciones climáticas que redujeron la eficiencia de las centrales solares, convirtiendo la estabilidad del suministro eléctrico en uno de los desafíos más importantes que enfrenta el gobierno cubano en medio de la presión económica y política constante.
Negociaciones bajo presión
Paralelamente a la escalada, se están llevando a cabo conversaciones entre Washington y La Habana, pero estas reflejan más un equilibrio precario que un verdadero acercamiento.
Cuba ha mostrado voluntad de abrirse económicamente al permitir una mayor inversión extranjera, brindar oportunidades para que los cubanos en el extranjero inviertan y demostrar flexibilidad en las relaciones comerciales.
Sin embargo, estas medidas no han sido aceptadas por Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, las consideró “insuficientes”, indicando que se necesitan cambios políticos más profundos que los económicos.
Las raíces de la tensión
Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, liderada por Fidel Castro, las relaciones se han caracterizado por una hostilidad manifiesta, que culminó en crisis importantes como la Crisis de los Misiles de Cuba y el embargo económico de seis décadas.
Las relaciones experimentaron un relativo acercamiento durante dos años bajo la administración Obama, con la reanudación de los lazos diplomáticos y una visita histórica a La Habana.
Pero Trump, desde su primer mandato, ha endurecido las sanciones, para luego adoptar una política más agresiva basada en el principio de “paz mediante la fuerza” e imponiendo su hegemonía en el hemisferio occidental.
Más que una isla
Washington ve a Cuba no solo como un pequeño país, sino como un símbolo histórico del bando antiestadounidense en América Latina, una puerta de entrada a la influencia en la región y un punto de intersección con la influencia de Rusia y China. Por lo tanto, la presión sobre La Habana trasciende su dimensión interna, integrándose en una lucha geopolítica más amplia por la influencia en el continente.
Si bien el gobierno cubano advierte que cualquier intervención externa recibirá una respuesta severa, la realidad sobre el terreno revela una situación más compleja: una economía al borde del colapso, una creciente presión popular debido al deterioro de las condiciones de vida y un sistema político que se niega a hacer concesiones sustanciales. Estos factores sitúan a Cuba en una coyuntura crítica que podría transformar su panorama interno y externo.
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