Damasco, 8 mar (SANA) Mientras millones de musulmanes viven el Ramadán como un tiempo de recogimiento, fe y solidaridad, para miles de detenidos en las cárceles del régimen de Asad el mes sagrado significaba algo muy distinto. Vivían entre hambre, humillación y un sufrimiento que se prolongaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
Lejos del espíritu de misericordia y serenidad que caracteriza este periodo, exdetenidos recuerdan que el Ramadán dentro de las prisiones se transformaba en una prueba extrema de resistencia física y psicológica. El ayuno se convertía allí en una carga impuesta por el hambre, la escasez de alimentos y la imposibilidad de practicar libremente la religión.
Testimonios de antiguos detenidos revelan cómo las autoridades penitenciarias no solo ignoraban el carácter sagrado del mes, sino que, en muchos casos, endurecían aún más las condiciones de vida.
Ayunar sin fuerzas
Asaad Al-Mohammad, imán de una mezquita que pasó varios años detenido en la prisión de Sednaya, recuerda que el simple hecho de ayunar era un desafío casi imposible.
Las comidas eran escasas, mal distribuidas y carentes de valor nutritivo. El suhoor, la comida previa al amanecer que permite afrontar el día de ayuno— prácticamente no existía.
“En lugar de servirla antes del alba, nos daban esa ración cerca del atardecer”, relata. “Eso significaba pasar largas horas sin nada que comer. Era una forma de castigo que agotaba tanto el cuerpo como la mente”.
Romper el ayuno con pan mohoso
Para muchos detenidos, el momento del iftar —la comida que rompe el ayuno al ponerse el sol— tampoco suponía alivio.
Maryam Al-Ali, quien estuvo encarcelada en el cuartel de inteligencia llamado “Departamento Paletsina“, una de las ramas de Inteligencia Militar Siria más famosa por sus violaciones, recuerda que la comida consistía apenas en una pequeña ración que difícilmente podía llamarse cena.
Pan de cebada en mal estado, algo de arroz o bulgur cocido únicamente con agua, y agua potable con mal sabor y olor desagradable eran, lo único disponible, según describió la mujer.
“El hambre y la sed eran constantes. No había ninguna comida antes del amanecer”, agregó.
Castigos incluso en el mes sagrado
Ahmed Mohammad Banyan, quien pasó por varias cárceles, entre ellas Sednaya, asegura que las autoridades pertinentes al régimen de Al-Assad endurecían los castigos durante el Ramadán.
Las raciones de comida se reducían progresivamente. En ocasiones, la comida para romper el ayuno se limitaba a cinco aceitunas y un pequeño trozo de pan, narró Banyan. Agregó que incluso ese pan llegaba a los detenidos después de haber permanecido durante horas almacenado, endurecido o en mal estado.
La práctica religiosa tampoco estaba garantizada
Las autoridades penitenciarias prohibían las oraciones colectivas y castigaban cualquier intento de reunión para rezar. Ante el temor a represalias, muchos detenidos rezaban en silencio, escondidos bajo mantas o en rincones apartados de las celdas.
Calcular la puesta del sol sin ver el cielo
En las celdas subterráneas, los detenidos ni siquiera podían ver el cielo para saber cuándo terminaba el ayuno.
Ahmed Al-Hamad, exdetenido de Sednaya, explica que los presos debían calcular la hora del iftar de manera aproximada. Si la comida se servía alrededor de las tres de la tarde, esperaban unas cuatro horas para suponer que el sol ya se había puesto.
“Era solo una estimación. No teníamos ninguna manera real de saberlo”, recuerda. Mientras tanto, cualquier intento de preparar o guardar comida para el suhoor podía ser castigado.
Violaciones del derecho internacional
Según el especialista en derecho internacional Al-Mutasim Billah Al-Kilani, estas prácticas constituyen una violación clara de las normas internacionales de derechos humanos y del derecho internacional humanitario.
Explicó que privar a los detenidos de practicar sus rituales religiosos contraviene la libertad de religión garantizada por tratados internacionales, mientras que la privación de alimentos adecuados y agua potable puede considerarse trato inhumano.
El experto señaló que la combinación de hambre deliberada, malos tratos y restricciones religiosas podría incluso encajar en la categoría de crímenes contra la humanidad según el derecho internacional.
Durante décadas, más de un centenar de cárceles y centros de detención operaron bajo el control de los servicios de inteligencia del depuesto régimen. En muchos casos, miles de ciudadanos fueron detenidos sin cargos claros ni procesos judiciales.
Para quienes pasaron por aquellas celdas, el recuerdo del Ramadán tras los barrotes resume una época marcada por la represión y la ausencia de justicia.
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