Damasco, 5 mar (SANA) En el año 2020, llegó a las pantallas uno de los documentales más conmovedores sobre la guerra en Siria, “Por Sama”, una obra profundamente íntima dirigida por la periodista siria Waad Al‑Kateab junto al realizador británico Edward Watts.
A varios años de su estreno, la película continúa siendo un testimonio imprescindible sobre la vida cotidiana bajo el asedio y, al mismo tiempo, una reflexión universal sobre la fuerza del amor frente a la devastación de la guerra.
Rodado a partir de cientos de horas de material filmado entre 2012 y 2016 durante el asedio del este de Alepo, el documental adopta la forma de una carta audiovisual dirigida a la hija de la directora, Sama, nacida en medio de los bombardeos. A
través de su relato personal, la autora reconstruye la historia de una ciudad devastada por la guerra, pero también la historia de una familia que intenta vivir, amar y resistir en circunstancias extremas.
Una cámara como testigo de la guerra
La historia comienza en 2011, cuando al-Kateab era una estudiante universitaria de apenas 19 años en Alepo. Ese año, las protestas contra el gobierno de Bashar Al‑Assad se extendieron por diversas ciudades sirias y transformaron profundamente la vida política y social del país.
Impulsada por el deseo de documentar lo que ocurría a su alrededor, la joven comenzó a grabar con su teléfono móvil las manifestaciones, la vida universitaria y las primeras expresiones de descontento popular.
Con el paso del tiempo, aquellas imágenes iniciales se multiplicaron hasta convertirse en un archivo visual de cientos de horas que registran la transformación de Alepo en una ciudad sitiada.
La cámara se convirtió entonces en una herramienta de testimonio y denuncia. Desde las calles bombardeadas hasta los refugios improvisados, las imágenes captadas por Al-Kateab retratan el impacto de la guerra sobre la población civil y revelan la crudeza de un conflicto que, durante años, marcó la vida cotidiana de millones de sirios.
Amor en medio del asedio
En ese contexto de incertidumbre y violencia, la realizadora conoció a su futuro esposo, el médico sirio Hamza Al‑Khatib, quien se dedicaba a atender a los heridos que llegaban diariamente tras los bombardeos.
Hamza, junto a un grupo de médicos, enfermeras y voluntarios, participó en la creación de un hospital de emergencia en los barrios orientales de Alepo. Allí la joven pareja instaló también su vivienda, compartiendo el mismo espacio donde se atendía a decenas de heridos tras cada ataque.
La rutina diaria quedó marcada por el ruido de las explosiones, la llegada constante de víctimas y la amenaza permanente de nuevos bombardeos. En medio de ese escenario, ambos decidieron casarse, convencidos de que abandonar la ciudad significaba renunciar no solo a su hogar, sino también a su compromiso con quienes permanecían allí.
El nacimiento de Sama
En 2015 nació Sama, la hija de la pareja, quien rápidamente se convirtió en el centro emocional del documental. Su presencia introduce una dimensión profundamente humana en la narración, mientras el conflicto continúa, la vida intenta abrirse paso en medio del caos.

La película muestra cómo la familia convive con la violencia cotidiana, mientras la pequeña crece en un entorno marcado por hospitales improvisados, edificios destruidos y el constante temor a los bombardeos.
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