Damasco, 21 oct (SANA) Cuando Ghazi al Masri regresó a su casa en Jirbet Gazala, en el este de la provincia siria de Daraa, apenas reconoció el lugar donde había vivido durante décadas. Después de años de desplazamiento forzoso, encontró poco más que las ruinas de la vivienda: sin puertas ni ventanas, sin cables eléctricos y con las huellas del saqueo y el incendio.
«No podía creer lo que veían mis ojos. Pensé que me había equivocado de dirección», recuerda este hombre octogenario.
Miembros de las fuerzas del régimen de Asad se instalaron en la vivienda después de los bombardeos y se llevaron cuanto encontraron, según cuenta el hombre en una entrevista con SANA.
Su regreso forma parte de un movimiento más amplio.
En Jirbet Gazala, una localidad que permaneció vacía durante los años de guerra, las familias vuelven poco a poco y tratan de reconstruir sus hogares y los servicios básicos. En las calles, el ruido de las obras comienza a sustituir al silencio que dejó la guerra.

De pueblo habitado a zona militar
En marzo de 2013, cuando la guerra en Siria se intensificaba y los combates se extendían por distintas regiones del país, Jirbet Gazala quedó completamente deshabitada. Los bombardeos y las ofensivas militares obligaron a sus vecinos a huir hacia localidades cercanas, otras provincias sirias o el extranjero.
Ahmed Nassar al Zoubi, presidente del Ayuntamiento del pueblo, explica a SANA, que la localidad permaneció durante años como una zona militar cerrada. Algunos vecinos comenzaron a regresar en 2018, pero el retorno se aceleró en los meses posteriores a la caída del régimen de Bashar al Asad, en diciembre de 2024.
La ubicación del pueblo, junto a la carretera internacional que conecta la capital Damasco con Daraa, le otorgó importancia estratégica durante la Revolución y la guerra en Siria.
Amer al Hach Ali, director de Horan Free League, un medio de comunicación local que informa sobre el sur de Siria, sostiene que los ataques de aquel entonces buscaban someter a la población y quebrar su resistencia.
Jirbet Gazala participó en las protestas contra el Gobierno de Asad desde los primeros días de la revolución siria y perdió a más de 263 personas durante la guerra, según al Hach Ali. La localidad sufrió bombardeos con barriles explosivos, artillería, morteros y misiles, añade.
El desplazamiento no solo destruyó viviendas, sino también deshizo los vínculos de una comunidad cuyos miembros quedaron repartidos entre pueblos vecinos, otras regiones de Siria y países como Jordania, Suecia y Alemania. En algunas familias, los parientes acabaron viviendo en distintos países.

Reconstruir con los recursos de los vecinos
Hoy, Jirbet Gazala tiene una población estimada de unos 28.000 habitantes, aunque el regreso plantea necesidades urgentes.
Las carreteras, las redes de agua y saneamiento y el suministro eléctrico necesitan reparaciones, mientras que la recogida de residuos y otros servicios esenciales siguen siendo un desafío.
Ante la magnitud de los daños, los vecinos han organizado campañas de recaudación y movilizado recursos para recuperar espacios públicos.
Desde la sede del Ayuntamiento se han impulsado iniciativas para reparar caminos e instalar iluminación. También han comenzado las obras en viviendas y edificios privados cuyos propietarios han regresado.
Al Zoubi señala que los residentes han contribuido a rehabilitar escuelas, centros sanitarios, la sede administrativa local y la oficina del registro civil. La participación, afirma, reúne a mujeres, jóvenes, personas mayores y sirios que viven en el extranjero.
«Todos contribuimos e intentamos sacar adelante nuestro pueblo, a pesar de la destrucción y de todo lo que queda por hacer. Las campañas comunitarias y humanitarias no se detienen», explica.
La reconstrucción avanza, por ahora, con los recursos disponibles y el esfuerzo de la propia comunidad. Pero recuperar las casas no basta para restablecer la vida que existía antes de la guerra: hacen falta servicios, infraestructuras y condiciones que permitan a las familias asentarse de nuevo.

El regreso después de trece años
La destrucción de Jirbet Gazala afectó también a localidades vecinas, como Namer y Al Katiba. La organización Human Rights Watch recogió testimonios de residentes que denunciaron saqueos, incendios y destrucción de viviendas, así como la conversión de estas localidades en zonas militares cerradas tras la huida de sus habitantes.
Para muchos, el exilio se prolongó durante años. Un vecino de Namer recuerda que los bombardeos obligaron a su familia a abandonar el pueblo y buscar refugio en el campo de Zaatari, en el norte de Jordania. Hoy, su regreso a Siria está marcado por la voluntad de reconstruir lo perdido y mirar hacia el futuro.
Abdullah al Qasem, de 65 años, también se refugió en Jordania con su familia. Ahora ha decidido regresar.
«Preferí morir en mi país antes que vivir fuera de él», afirma. Para él, el retorno abre una nueva etapa, pero también plantea grandes desafíos: reconstruir lo destruido y afrontar las consecuencias de años de guerra.
okz/as