Damasco, 8 sep (SANA) En una esquina de un taller repleto de piezas de cobre, espadas ornamentadas, cofres antiguos y lámparas orientales, Ahmad Baqbouq inclina la cabeza sobre un largo cilindro metálico. Sostiene una pequeña herramienta de grabado y golpea con precisión la superficie.
Antes de llegar a sus manos, esta pieza no era una obra de arte ni había sido creada para ocupar el escaparate de un taller. Era un resto de la guerra, parte de los proyectiles que durante 14 años cayeron sobre los sirios.
A su alrededor, sobre los estantes y en el suelo del local, se encuentran proyectiles y restos de munición que han cambiado completamente de significado. Algunos conservan las marcas de su pasado; otros muestran ya flores, árboles, motivos islámicos e inscripciones cuidadosamente talladas.
En el taller de Al-Bashaeer para Antigüedades Orientales, situado en el barrio de Bab al-Jabiya, en la antigua Damasco, la familia Baqbouq intenta dar una nueva vida a objetos nacidos para matar: convertirlos en piezas artísticas capaces de conservar la memoria sin quedar atrapadas únicamente en la imagen de la destrucción.
«Queremos alejarnos de la guerra transformándola en piezas artísticas, pero sin borrar su historia», explica Basil Baqbouq, propietario del establecimiento junto a sus dos hermanos.

Una tradición familiar con una materia inesperada
La historia de los Baqbouq no comenzó con las armas.
Durante generaciones, la familia se dedicó al trabajo artesanal del cobre y a la elaboración de piezas orientales. Tuvieron un taller en el famoso mercado de Al Hamidiyah, en Damasco, antes de trasladarse en 1981 a Bab al-Jabiya tras la división de la herencia familiar.
Su oficio tradicional consiste en grabar cafeteras tradicionales de cobre para el café árabe, recipientes metálicos y piezas decorativas con motivos vegetales, animales, árboles, jazmines, caligrafía religiosa y diseños islámicos.
Pero con el paso del tiempo llegaron al taller materiales completamente diferentes. Se trata de proyectiles y restos metálicos procedentes de la guerra que sufría el país.
Basil explica durante una entrevista con SANA que la idea de transformar estos objetos no surgió de la nada. En la antigua casa familiar conservaban una pieza que perteneció a su abuelo. Es un proyectil de la Segunda Guerra Mundial, decorado con plata y trabajado con gran detalle.
La pieza, que durante décadas permaneció guardada como recuerdo, terminó convirtiéndose en una de las más valiosas de la colección familiar.
Más tarde, los hermanos decidieron añadirle una estructura de lámpara para cambiar completamente su apariencia.

«El proyectil estaba en la casa de mi abuelo, tenía grabados muy bonitos y estaba decorado con plata. Le colocamos una lámpara para cambiar la imagen de un instrumento de muerte», cuenta Basil.
Hoy, aquella pieza ilumina el taller convertida en un farol ornamental, mientras sus orígenes militares quedan ocultos tras los grabados y los detalles artesanales.
Un bastón nacido durante el asedio
Sin embargo, fue un bastón fabricado con casquillos de munición el que marcó un punto de inflexión para la familia.
A primera vista parece una pieza decorativa elaborada cuidadosamente para una exposición. Pero su historia está vinculada a uno de los episodios más duros de la guerra.
Basil dice que fue creado con casquillos de proyectiles de ametralladora calibre 500 por un combatiente de Ghouta durante el periodo de asedio, cuando estaba herido y necesitaba algo en lo que apoyarse.
«Hizo de la nada una pieza para poder sostenerse y la fabricó de una manera sencilla y hermosa», relata.

Para Ahmad Baqbouq, conocido como Abu Abderrahman y responsable de grabar las piezas relacionadas con la guerra, aquel bastón fue el inicio de una nueva idea.
«La idea comenzó a tomar forma cuando llegó este bastón fabricado con casquillos de ametralladora», afirma.
Desde entonces, considera que cada pieza puede contar una historia humana detrás de ella. «Cada persona tiene un familiar detenido, un mártir, alguien desplazado o alguien que sufrió heridas. Queremos recordar a las nuevas generaciones que detrás de cada pieza puede haber una historia de dolor, pero también de resistencia», explica.
Evitar que la memoria se funda con el metal
Durante los años de la Revolución y de guerra, Basil asegura que no se atrevían a mostrar estos objetos ni trabajar sobre ellos.
La situación cambió después, cuando comenzaron a recibir piezas de personas que sabían que la familia las transformaba mediante el grabado artesanal.
Al principio encontraban algunos restos por casualidad entre vendedores de chatarra. Después, fueron los propios ciudadanos quienes comenzaron a entregárselos.
Lo que más preocupaba a Basil, según expresa, era que terminaran en hornos de fundición y desaparecieran para siempre.
«Nos entristecía que fueran fundidas, porque con ellas desaparecía también su recuerdo. Si las fundimos, se pierden y desaparecen, y quizá nunca volvamos a ver una pieza igual», señala.

Los hermanos no siempre conocen la historia exacta de cada proyectil que llega al taller, pero saben que cada uno puede contener una parte de una tragedia.
«Una de estas piezas pudo haber matado a una familia, destruido una casa o provocado la muerte de personas», afirma Basil.
Por eso prefieren conservarlas, repararlas y grabarlas, no tal como llegaron desde los escenarios de combate, deformadas y dañadas, sino convertidas en obras que puedan permanecer durante generaciones.
La intención, explica, no es embellecer la guerra, sino transformar sus restos en testimonios de lo ocurrido.
Veinte días entre la muerte y la vida
Para Ahmad Baqbouq, el proceso de transformación comienza antes del primer golpe de la herramienta de grabado.
Cuando sostiene una pieza por primera vez, no la observa como una simple superficie metálica preparada para decorar. «Cuando la tomo por primera vez la veo como una pieza de muerte, una pieza de destrucción, una pieza de dolor», expresa.
El trabajo comienza reparando las deformaciones del metal, enderezándolo y limpiándolo. Después pule la superficie, dibuja el diseño y finalmente inicia el grabado manual.
Una sola pieza puede requerir alrededor de veinte días de trabajo. Pero el cambio, explica Ahmad, no ocurre únicamente en el metal.
Al principio siente incomodidad por lo que representa el objeto, pero esa sensación cambia poco a poco cuando aparecen los primeros detalles decorativos.
«Cuando empiezan a aparecer los rasgos de belleza, cambia mi expresión y siento tranquilidad, porque veo que estoy transformando la pieza del dolor en esperanza, de la muerte en vida», afirma.
Para él, las largas jornadas dedicadas a cada obra forman parte de un mensaje más amplio: mostrar el sufrimiento de los sirios, pero también su capacidad de resistir y crear.

Arte que no borra la huella de la guerra
Dentro del taller de los Baqbouq no existe una frontera clara entre las piezas creadas desde el principio como objetos decorativos y aquellas que llegaron desde un contexto completamente diferente.
En los estantes conviven las artes tradicionales con materiales que alguna vez fueron parte de armas. Todas comparten prácticamente el mismo lenguaje visual: líneas, plantas, jazmines, árboles, caligrafía religiosa y motivos islámicos.
Ese contraste es precisamente lo que buscan los hermanos.
No quieren borrar el pasado del material convirtiéndolo en algo sin relación con su origen, sino permitir que esa historia pueda verse y recordarse sin quedar limitada únicamente a la destrucción.
«La pieza que fue creada para el daño y el dolor la convertimos en una pieza decorativa para recordar a las nuevas generaciones lo que nos ocurrió y lo que ocurrió en Siria», explica Basil.

Una memoria para el futuro
Basil considera que durante años el mundo conoció la historia de Siria principalmente a través de las noticias, pero que las imágenes y los relatos no siempre pueden transmitir completamente la dimensión de una experiencia.
Puntualiza uno de los proyectiles y explica que quien lo vea hoy como una pieza ornamental difícilmente podrá imaginar lo que pudo haber provocado antes.
«Nadie puede imaginar que este proyectil que hemos convertido en una pieza decorativa pudo haber acabado con una familia, destruido un edificio, una casa o una calle», afirma.
Su deseo es que estas obras permitan a quienes las contemplen fuera de Siria imaginar lo que vivió el pueblo sirio y, al mismo tiempo, que permanezcan como testimonio para las próximas generaciones.
Okba Al Zobani