Tadmor, 27 jun (SANA) En la mañana del 27 de junio de 1980, los fusiles de las Brigadas de Defensa acallaron los dormitorios y patios de la prisión de Tadmor, la principal cárcel para presos políticos de la Siria de entonces. Cerca de un millar de detenidos desarmados fueron ejecutados en dos asaltos consecutivos en el transcurso de una hora, bajo la acusación de pertenecer a los Hermanos Musulmanes.
La masacre, documentada por Amnistía Internacional en un informe de septiembre de 2001 y por la Asociación de Supervivientes de la Prisión de Tadmor, se ejecutó en dos fases. En el primer ataque, las Brigadas de Defensa condujeron a los reclusos a los patios 1, 2 y 3 y abrieron fuego contra ellos. Algunos lograron esconderse en los dormitorios 4 y 5, pero fueron alcanzados después. Los guardias recorrieron entonces las pilas de cadáveres para rematar a los heridos.
“Hoy los combatirán en su guarida más grande, la prisión de Tadmor. ¿Quién no querría combatirlos?”, arengó el comandante de la operación, Mu’in Nassif, a sus hombres antes de la masacre, según consta en las fuentes documentales. Un solo dormitorio, el número 17, se salvó del primer ataque porque albergaba a detenidos considerados ajenos a las órdenes operativas.
El segundo asalto y la limpieza del rastro
En el segundo asalto, las Brigadas irrumpieron directamente en los dormitorios de los patios 4, 5 y 6, acorralaron a los detenidos y los ejecutaron en masa en su interior. En el último bloque de celdas, uno de los presos logró emboscar a un guardia identificado como Iskandar Ahmed y lo mató con su propia arma antes de caer abatido.
Tras las ejecuciones, los cuerpos —incluidos los de quienes aún respiraban— fueron trasladados en camiones volquete hasta una fosa común en un valle al este de Palmira, según documenta el libro La masacre en curso (Dar al-Nadhir, 1984).
Los preparativos comenzaron a las 3:30 de la madrugada, según las confesiones de dos miembros de las Brigadas implicados, Ali Ibrahim Fayyad y Akram Ali Jamil Bishani. Ambos relataron que los efectivos de las Brigadas 40 y 138, pertenecientes a las Compañías de Defensa bajo el mando del criminal Rifaat al-Assad, se reunieron en el aeropuerto de Mezzeh y partieron en helicóptero hacia Palmira a las 5:00 de la mañana. Las confesiones, recogidas en un memorándum presentado por la misión jordana al presidente del Comité de Derechos Humanos de la ONU el 4 de marzo de 1981 y corroboradas por Amnistía Internacional, detallan que los helicópteros regresaron a Damasco a las 12:30 del mediodía, una vez consumada la matanza.
En una entrevista con la agencia SANA, Mohammad Basel Muharram, jefe de la filial de Homs de la Asociación de Supervivientes de la Prisión de Tadmor y exprisonero, y Khaldoun Jamil al-Madwar, también miembro de la asociación, afirmaron que la masacre no fue un incidente aislado, sino parte de una estrategia sistemática del régimen baazista. El 7 de julio de 1980, la Asamblea Popular aprobó una ley que imponía la pena de muerte a cualquier persona afiliada a los Hermanos Musulmanes, brindando cobertura institucional a las prácticas de seguridad sobre el terreno.
La literatura como archivo alternativo
Décadas de censura no lograron ocultar la verdad. Los gritos de las víctimas emergieron de las celdas y se transformaron en una literatura documental que relata los horrores de la prisión en el desierto.
En su novela La concha, Mustafa Khalifa narra las penurias diarias de asfixia y tortura sistemática, y describe cómo una persona se refugia en sí misma para escapar del sadismo del verdugo. Igualmente desgarrador es el testimonio de Muhammad Barou en Sobreviviente de la guillotina, donde las palabras documentan los momentos posteriores a la masacre y el deber de los supervivientes de limpiar la sangre de sus camaradas de las paredes para que el crimen quedara grabado en la memoria. El poeta Faraj Bayraqdar, en Traiciones del lenguaje y el silencio, transforma el lenguaje del cautiverio en un arma contra la ofuscación que la tiranía intentó imponer durante más de cinco décadas.
Ante la ausencia de archivos oficiales, estas obras han pasado de ser narraciones de ficción a convertirse en documentos históricos y pruebas legales que rescatan la verdad del olvido y restituyen los nombres de los mártires.
Del establo del Mandato a la memoria del terror
Los orígenes de la prisión de Tadmor se remontan a la década de 1930, cuando las fuerzas del Mandato Francés la establecieron como un establo. El régimen baazista la transformó en prisión militar en la década de 1960. Sus muros fueron destruidos en un atentado con bomba perpetrado por la organización terrorista Daesh en 2015.
El 21 de noviembre de 2025, la Asociación de Supervivientes organizó una visita documental al emplazamiento para preservar los testimonios de los exdetenidos. En su novela La concha: Diario de un espía, Mustafa Khalifa relata el impacto de la prisión en quienes la abandonaron físicamente pero cuyos espíritus quedaron atrapados en su interior:
“Pasé miles de noches allí, dentro de mi concha en la prisión del desierto, imaginando cientos de sueños. Esperaba que, si algún día escapaba de ese infierno, viviría la vida al máximo y lograría todos los sueños que me atormentaban allí”.
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