Homs, 8 may (SANA) Cada mayo, las callejuelas del casco antiguo de Homs vuelven a llenarse de recuerdos imposibles de borrar. Doce años después del desplazamiento forzado de miles de habitantes en 2014, la ciudad revive uno de los capítulos más duros de la guerra siria: casi dos años de asedio, hambre y destrucción bajo el cerco impuesto por el depuesto régimen.
Para muchos de sus habitantes, el recuerdo permanece intacto. Las fachadas reconstruidas, los comercios reabiertos y el lento regreso de la vida cotidiana no han logrado cerrar la herida que dejó el éxodo masivo de familias enteras obligadas a abandonar sus hogares tras 700 días de encierro y bombardeos.
“El asedio fue una prueba diaria de supervivencia”, recuerda Tariq Badrakhan, activista que vivió aquellos acontecimientos dentro de los barrios sitiados. Según relata, las protestas contra el régimen no cesaron desde el inicio de la Revolución Siria, pese al aislamiento y la intensificación de los ataques.

Badrakhan evoca los bombardeos con artillería, tanques y aviones, así como la precariedad de los hospitales de campaña improvisados para atender a los heridos. Con el paso de los meses, añade, la escasez de alimentos se agravó hasta obligar a muchos residentes a alimentarse de hierbas y pastos para sobrevivir.
La antigua Homs, conocida antes de la guerra por su diversidad social y religiosa, quedó convertida en símbolo del sufrimiento urbano durante la guerra en Siria.
Doce años después, entre el dolor y la memoria colectiva
Para Abdul-Mateen Al-Mahbani, otro de los activistas que participaron en las protestas, el asedio sigue siendo una experiencia imposible de olvidar.
“Fueron días de miedo, hambre, enfermedad y muerte”, afirma. Sin embargo, sostiene que el recuerdo de aquellos años también está ligado a la convicción de quienes decidieron permanecer y resistir.

Hoy, tras más de una década, muchos habitantes consideran que el desplazamiento de 2014 no solo marcó el destino de Homs, sino que quedó inscrito como uno de los episodios más representativos de la guerra en Siria.
Las historias de familias separadas, viviendas destruidas y barrios vacíos conviven ahora con otra narrativa: la de una ciudad que intenta reconstruirse mientras preserva la memoria de quienes murieron o desaparecieron durante el asedio.
Aunque las cicatrices siguen visibles en numerosas zonas del casco antiguo, Homs busca recuperar parte de su vida cultural y social. Cafés reabiertos, mercados rehabilitados y niños jugando entre edificios restaurados contrastan con las imágenes de devastación que dieron la vuelta al mundo hace más de una década.
Para sus habitantes, la memoria del desplazamiento continúa siendo dolorosa, pero también una prueba de resiliencia colectiva. Una historia transmitida entre generaciones sobre cómo una ciudad resistió el hambre, el miedo y la destrucción sin perder completamente su identidad.
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