Damasco, 26 mar (SANA) Las murallas de la capital siria se alzan como uno de los testimonios más elocuentes del devenir histórico de la ciudad, reflejo de su interacción con múltiples civilizaciones y de su evolución a lo largo de milenios.
Más que una estructura defensiva, estas fortificaciones constituyen un archivo abierto que conserva en sus piedras las huellas de las transformaciones políticas, culturales y urbanas que han marcado a Damasco desde la antigüedad hasta la actualidad.
La Sucesión de Eras
El especialista en folclore Muhyiddin Qarnafala explicó a SANA que los orígenes de la muralla se remontan al periodo arameo, a inicios del primer milenio antes de nuestra era, cuando comenzó su construcción primigenia.

A lo largo de los siglos, añadió, la estructura experimentó importantes transformaciones. Fue restaurada en la época helenística tras la llegada de Alejandro Magno y posteriormente reforzada durante el periodo seléucida.
Sin embargo, fue en la era romana cuando las murallas alcanzaron un desarrollo notable, con una reconstrucción más sólida y la configuración casi rectangular de la ciudad. En ese periodo se consolidaron emblemáticas puertas como Bab Sharqi, Bab Touma, Bab al-Jabiyah, Bab Kisan, Bab al-Salam, Bab al-Faradis y Bab al-Saghir, que aún hoy forman parte esencial de la identidad damascena.
Qarnafala subrayó que, además de su valor histórico, la muralla desempeñó un papel crucial como primera línea de defensa, siendo testigo de conflictos y sucesivas restauraciones, especialmente durante las épocas bizantina y omeya.

Destacó que el periodo omeya marcó una fase de significativa reconstrucción, que reforzó tanto su función defensiva como su integración en la vida urbana. En la actualidad, la muralla continúa siendo un símbolo cultural que atrae a visitantes interesados en la rica historia de la ciudad.
Barrios dentro y fuera de las murallas
En el interior del recinto amurallado se conservan antiguos barrios como Al-Amara, Al-Qaymariya, Al-Bazouriya y Al-Shaghour Al-Jawani, donde las tradicionales casas damascenas se entrelazan con mercados históricos.
En este entramado urbano destacan monumentos como la Mezquita Omeya y el Zoco Al-Hamidiya, que reflejan la continuidad de la vida social y económica de la ciudad a través de los siglos.

Fuera de las murallas, Damasco se expandió progresivamente hacia zonas como Al-Midan, Al-Shaghour Al-Barani, Al-Qanawat, Sarouja Al-Jadeeda, Rukn Al-Din, Al-Salihiya, Al-Amara Al-Barani y Al-Muhajireen.
En estos barrios emergieron nuevos estilos arquitectónicos, manteniendo cada zona su singularidad y evidenciando el proceso de crecimiento urbano que ha caracterizado a la capital siria.
La memoria del lugar y la identidad de la ciudad
Para los habitantes de Damasco, las murallas trascienden su valor material y adquieren una dimensión profundamente simbólica.
Wael al-Samman, residente del barrio de Al-Shaghour, afirmó que “la muralla no es solo una reliquia antigua, sino una compañera de vida”, al destacar el vínculo emocional que une a los damascenos con este monumento.
En similar sentido, Hani Hasaballah, vecino de Al-Qaymariya, señaló que la estructura encapsula la historia de la ciudad, donde aún son visibles las huellas de distintas civilizaciones en su arquitectura y sus puertas.

Dimensiones históricas y símbolo de continuidad
Actualmente, la muralla de Damasco posee una circunferencia aproximada de 4.500 metros, con alturas que oscilan entre seis y diez metros, mientras su grosor varía según el tramo, alcanzando cerca de 2,7 metros en sectores como la Puerta de Kisan.
Más allá de sus dimensiones físicas, las murallas representan un espacio vivo donde convergen memoria e identidad, símbolo de continuidad y resiliencia de una ciudad que, pese a los desafíos históricos, mantiene intacto su legado cultural y su vitalidad.
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