Damasco, 5 feb (SANA) Faten Al-Shab recuerda con dolor y nostalgia el día en que tuvo que abandonar Idlib, su ciudad natal, marcada por bombardeos y devastación por la guerra que asoló Siria desde 2011 hasta 2024. La huida fue un camino plagado de muerte y miedo. “Vi cadáveres a ambos lados de la carretera. No sabía nada de mi familia”, rememoró la artista siria en diálogo con la cadena turca TRT. Sus seres queridos pasaron noches enteras refugiados en estaciones de tren, escapando de los bombardeos, una imagen que quedó grabada en su memoria.
La pérdida de su hermano y de tantos seres queridos le arrebató la paz interior. Tras casi 14 años de exilio y de vivir la tragedia de más de 600.000 fallecidos, Faten regresó a Idlib el 8 de diciembre de 2024, tras la caída del régimen del criminal Bashar Al-Assad. Lo que encontró fue una ciudad devastada, pero también una oportunidad para devolver vida a través del arte.
Reconocida por su realismo expresivo, Al-Shab se integró rápidamente en proyectos de reconstrucción, destinando sus obras a recaudar fondos para educación y salud. Desde entonces, ha creado más de 25 piezas que retratan la memoria, la cotidianeidad y los rostros de Siria. Su última exposición, la “Exhibición de la Victoria” en Idlib, conmemora el primer aniversario de la liberación, recaudando fondos para reconstruir su ciudad natal.
El amor por el arte y la perseverancia
La pasión de Faten nació en Maarrat Misrin, un barrio humilde donde creció. Sin materiales ni estímulo familiar, aprendió a crear con improvisación y paciencia, soñando con estudiar en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Damasco, un deseo que chocaba con las expectativas de su familia.
Tras terminar la secundaria, se casó y se trasladó a Arabia Saudí, donde trabajó en el sector de belleza mientras criaba a sus tres hijos, quienes hoy son médicos, odontólogos e ingenieros. Sin embargo, nunca abandonó del todo su conexión con Siria ni con el arte. A pesar del miedo y de los riesgos de cruzar fronteras, continuó visitando su país hasta que la guerra hizo imposible su permanencia.
Un viaje marcado por la tragedia y la resiliencia
En 2011, el régimen de Al-Assad intensificó los bombardeos sobre Idlib y desplegó al ejército en puntos estratégicos, incluyendo el aeropuerto de Alepo. Faten recordó cómo el país se desmoronaba ante sus ojos, y cómo abandonar Siria se convirtió en una pesadilla. “El momento del despegue fue uno de los más difíciles de mi vida. No podía mirar por la ventana, no quería despedirme de mi país entre tanta destrucción”, lamentó.
El reencuentro con la pintura en Türkiye
Su llegada a Türkiye no solo le ofreció refugio, sino también un espacio donde redescubrir su arte y su identidad. Inicialmente en Rize y luego en Estambul, convirtió su entorno en un taller improvisado, participando en exposiciones virtuales durante la pandemia y enviando sus obras a ciudades turcas como Gaziantep.
“Volví a pintar hasta recuperar mi alma. Me sentía acompañada por los colores y la vida”, relató.
En Estambul, la artista encontró un ecosistema creativo que la inspiró y la llenó de energía. Se integró en asociaciones como Sham de Artes Plásticas, Pinturas Sin Fronteras y la Casa Árabe-Turca, recuperando la sensación de pertenecer a una comunidad artística. La acogida turca no solo le dio seguridad, sino la oportunidad de continuar su obra y, a través de ella, ayudar a Siria.

Regreso a Siria y compromiso con Idlib
Tras la caída del régimen en 2024, Faten regresó a Idlib para contribuir a la reconstrucción de su ciudad. Participó en la inauguración del Centro Cultural de Idlib y presentó obras en vivo, como la pintura de la mujer que hornea pan en el tabun, inspirada en su abuela y en las tradiciones rurales.
“La gente se reunió a mi alrededor. Muchos me decían que mis cuadros les recordaban su infancia. Eso me llenó de emoción”, afirmó.
Su participación en la campaña “Lealtad a Idlib”, lanzada en septiembre de 2025, destinó sus obras a mejorar la educación y la salud de más de un millón de desplazados. Entre sus piezas más significativas, el retrato de su suegro fallecido fue subastado por 60.000 dólares, fondos íntegramente destinados a su ciudad.

El retrato muestra a su suegro, un hombre de semblante sereno y mirada profunda, sentado junto a un olivo centenario, símbolo de resistencia, raíces y vínculo con la tierra. Cada trazo revela su carácter paciente, noble y lleno de historias compartidas, la luz suave que ilumina su rostro transmite calma y ternura, mientras las hojas del olivo parecen abrazar la figura, recordando la perseverancia de quienes permanecieron en Idlib a pesar de la guerra.
“Este cuadro representa a Idlib, al olivo y a todos los que resisten. Era lo más valioso que tenía y lo ofrecí por mi gente”, aseguró.
Inspirar y transmitir esperanza
Faten también ha trabajado con la escuela “Efecto Mariposa” en Idlib, organizando talleres donde los niños crearon 25 cuadros de escenas cotidianas, paisajes y figuras que reflejan su vida y sueños. “Dejé que cada niño pusiera su toque, para que sintiera que el cuadro era suyo”, explica. Para ella, el arte es un mensaje de esperanza, una herramienta para reconstruir corazones, memorias y comunidades.

La historia de Faten Al Shab es un testimonio de resiliencia, voluntad y amor profundo por su tierra. A través del arte, ha transformado el dolor del exilio y la guerra en un mensaje de esperanza y reconstrucción, demostrando que incluso frente a la devastación, la creatividad puede devolver vida, identidad y dignidad a un país. Su compromiso con Idlib y su gente refleja una certeza inquebrantable: mientras haya voluntad y color en sus pinceles, siempre habrá luz y esperanza para Siria.
Por Watfeh Salloum






