Damasco, 19 ene (SANA) La denominación de Granada como “el Damasco de Occidente” no fue un recurso retórico casual ni una exageración poética. Fue, ante todo, un reconocimiento implícito de la centralidad histórica y civilizatoria de Damasco, ciudad que durante siglos encarnó el modelo urbano, cultural y estético al que aspiraron las grandes urbes del mundo islámico, incluidas las del extremo occidental de Al-Ándalus.
Damasco, capital del mundo islámico y referencia universal
Desde que se convirtió en capital del Califato Omeya en el siglo VII, Damasco ocupó una posición sin precedentes en la historia islámica. Durante ese período, la ciudad no solo fue sede del poder político que gobernaba un territorio que se extendía desde Asia Central hasta la península ibérica, sino también un centro de irradiación cultural, administrativa y espiritual.
Incluso después del traslado de la capital a Bagdad, Damasco conservó su estatus como una de las ciudades más influyentes del Islam. Fue un foco permanente de producción intelectual, hogar de juristas, teólogos, médicos, historiadores y poetas. La Gran Mezquita de los Omeyas, una de las más antiguas y monumentales del mundo islámico, simbolizó esta centralidad religiosa y cultural, convirtiéndose en punto de referencia para generaciones enteras.

Para los musulmanes de Al-Ándalus, Damasco representaba el Oriente ideal, la ciudad madre, paradigma de civilización y refinamiento. No es casual que contingentes de tropas de Damasco se asentaran en la región de Elvira, antecesora de Granada, en el siglo VIII, llevando consigo modelos urbanos, tradiciones culturales y una memoria idealizada de su ciudad de origen.
La belleza de Damasco como arquetipo urbano
La fama de Damasco como una de las ciudades más bellas del mundo medieval está ampliamente documentada en las fuentes históricas. Geógrafos y viajeros coincidieron en describirla como una ciudad donde la arquitectura y la naturaleza alcanzaban una armonía excepcional.
La fértil Ghouta damascena, que rodea la ciudad, fue descrita como un vergel continuo de huertos, jardines y canales de riego. El viajero andalusí Ibn Yubayr afirmó que Damasco estaba “rodeada de jardines como un collar que abraza su cuello”, mientras que Ibn Battuta la consideró incomparable por la abundancia de agua, la belleza de sus mercados y la elegancia de sus edificaciones.
En la literatura árabe clásica, Damasco fue frecuentemente asociada al Paraíso, no solo por su paisaje, sino por la calidad de vida urbana que ofrecía, baños públicos, fuentes, bibliotecas, mercados cubiertos y una intensa vida intelectual. Esta imagen convirtió a Damasco en un modelo urbano ideal, al que se comparaban otras ciudades como forma de elogio supremo.
Granada, reflejo occidental del modelo damasceno
Fue precisamente este prestigio lo que llevó a cronistas y autores medievales a describir a Granada como “el Damasco de Occidente”. Escritores como Al-Saqundi e Ibn al-Jatib subrayaron la semejanza entre ambas ciudades, tanto en su disposición urbana como en su entorno natural.
Granada, al pie de Sierra Nevada, compartía con Damasco una geografía simbólicamente similar, cercanía al mar Mediterráneo, protección montañosa y una vega fértil irrigada por complejos sistemas hidráulicos. La Vega de Granada fue comparada con la Ghouta damascena por su abundancia y su papel central en la vida económica y social.

El geógrafo Abu-l-Fida’ reconoció esta similitud, aunque señaló que la posición elevada de Granada le otorgaba una majestuosidad visual particular. Sin embargo, el referente seguía siendo Damasco, la ciudad que durante siglos había definido los estándares de belleza, prosperidad y civilización.
Un nombre que revela jerarquía cultural
Llamar a Granada “Damasco de Occidente” implicaba reconocer que Damasco era el punto de referencia, la medida con la que se evaluaba la grandeza urbana. La comparación no colocaba a ambas ciudades en un plano de igualdad, sino que situaba a Granada como una prolongación occidental de un ideal nacido en Oriente.
Este título sintetiza la profunda unidad cultural del mundo islámico medieval, donde las ideas, los estilos arquitectónicos, la poesía y las formas de vida circulaban desde Damasco hasta Al-Ándalus. Granada heredó y reinterpretó ese legado, pero el origen del modelo histórico, estético y simbólico—permaneció siempre ligado a la capital siria.
Damasco, más allá del tiempo
Hoy, al evocar la relación entre Damasco y Granada, no se trata solo de una comparación histórica, sino de recordar el papel de Damasco como eje de civilización, ciudad que marcó durante siglos la imaginación urbana de Oriente y Occidente. Su importancia política, su esplendor cultural y su belleza natural la convirtieron en un arquetipo que trascendió su geografía y dio nombre a otras ciudades que aspiraron a reflejar su grandeza.
Granada fue llamada “Damasco de Occidente” porque, en la memoria colectiva del mundo islámico, no existía elogio mayor que ser comparada con Damasco.
Por Watfeh Salloum



