Damasco, 19 ene (SANA) Qasr al-Hayr al-Gharbi, uno de los palacios omeyas más importantes del siglo VIII, se alza en el desierto sirio como testimonio de un período clave de la historia islámica y de la interacción entre tradiciones artísticas árabes, bizantinas y sasánidas. Construido en el año 727 d. C. por orden del califa Hisham ibn Abd al-Malik, el complejo se sitúa a unos 60 kilómetros al suroeste de Palmira y destaca por su riqueza arquitectónica y decorativa.
Un palacio en el corazón del desierto
El complejo fue levantado en la región de la Badiyat al-Sham “desierto sirio”, en un enclave estratégico entre Palmira y Resafa. Se cree que se construyó sobre las ruinas de un monasterio bizantino del siglo VI, lo que refuerza su carácter de continuidad cultural. Su planta cuadrada, de aproximadamente 70 por 71 metros, y su muralla fortificada con torres circulares y semicirculares le confieren el aspecto de una fortaleza defensiva.
Arquitectura omeya y herencias antiguas
La entrada principal, situada en el lado oriental, está flanqueada por dos torres semicirculares ricamente decoradas. Sus relieves de estuco muestran motivos vegetales, geométricos y figuras humanas, reflejo de la influencia del arte sasánida y bizantino. En el interior, un patio central con una pila de agua está rodeado por arcadas sostenidas por antiguas columnas de piedra.
El palacio se organiza en seis edificios independientes, distribuidos alrededor del patio, con un total de 59 salas y salones. Muchas de estas estancias contaban con una segunda planta, iluminada mediante claraboyas y ventanas con celosías de yeso finamente elaboradas.
Un complejo urbano en miniatura
Qasr al-Hayr al-Gharbi no fue solo una residencia palaciega. El conjunto incluía una mezquita, baños, un jardín irrigado, un molino, una presa y una pila de agua, todos conectados mediante un sofisticado sistema hidráulico. El agua procedía de la presa preislámica de Khirbaqa, a través de un canal de 17 kilómetros de longitud.
El primer kan de la era islámica
A unos diez kilómetros al noroeste del palacio se encontraba el Khan al-Milh, considerado el primer kan construido en la historia islámica. Este caravasar servía como lugar de descanso para las caravanas comerciales y como centro de intercambio de mercancías. Una inscripción en su dintel menciona a su supervisor, Thabit ibn Abi Thabit, quien lo edificó por orden del mismo califa omeya.
Jardines y baños palaciegos
El jardín, de forma trapezoidal, estaba dividido en parcelas regadas por canales conectados al sistema hidráulico principal. Los baños, situados al norte del palacio, contaban con secciones fría y caliente, sistemas de calefacción subterráneos y suelos revestidos de mármol, siguiendo la tradición de las termas romanas y bizantinas.
Decoración y arte sin restricciones
El palacio destacó por la abundancia y diversidad de su decoración. Se hallaron frescos figurativos, esculturas humanas y animales, madera tallada policromada y algunas de las inscripciones cúficas más antiguas conocidas. Entre las pinturas más célebres figuran la de una mujer portando frutos y la de un caballero cazando ciervos, ejemplos de un arte omeya que no rehuía la representación figurativa.
Restauración y legado
Las labores de restauración comenzaron en 1939 y culminaron en 1950 con la reconstrucción de la puerta y parte del palacio, hoy expuestas en el Museo Nacional de Damasco. Allí se conservan relieves, esculturas y frescos originales, que confirman a Qasr al-Hayr al-Gharbi como uno de los monumentos más significativos del arte omeya y un símbolo del legado cultural sirio.
Esraa Dubian/rsh

