Alepo, 12 ene (SANA) En el centro de Alepo, en el norte de Siria, junto a una de sus puertas históricas más emblemáticas, se alza la Torre del Reloj de Bab al-Faraj , un monumento que ha marcado durante más de un siglo el ritmo cotidiano de la ciudad y se ha convertido en un testigo silencioso de sus transformaciones históricas, culturales y sociales.
Construida en 1898, durante los últimos años del Imperio Otomano, la torre fue erigida por iniciativa del entonces gobernador Raouf Pasha, como parte de un proyecto de modernización urbana.
Su diseño estuvo a cargo del arquitecto austriaco Charles Chartier , en colaboración con el ingeniero sirio Bakr Sidqi , quien logró integrar influencias europeas con elementos arquitectónicos locales, otorgando al edificio una identidad singular dentro del paisaje urbano de Alepo.

Con una altura aproximada de 30 metros, la torre fue levantada con piedra blanca característica de la ciudad y se distingue por sus cuatro esferas de reloj visibles desde distintos puntos del casco antiguo.
Desde su inauguración, no solo cumplió una función práctica al organizar el tiempo de los habitantes, sino que también simbolizó la entrada de Alepo a una nueva era de organización urbana y contacto con el mundo moderno.
Ubicada en las inmediaciones de los zocos históricos y del casco antiguo, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, la Torre del Reloj de Bab al-Faraj se convirtió rápidamente en un punto de referencia para comerciantes, viajeros y residentes. Durante décadas, fue lugar de encuentro, orientación y memoria colectiva, asociada a celebraciones, despedidas y acontecimientos cotidianos.
A lo largo del siglo XX, el monumento presenció momentos clave de la historia siria: el final del dominio otomano, el mandato francés, la independencia y las profundas transformaciones políticas y sociales posteriores. Cada campanada acompañó cambios generacionales y reflejó la resiliencia de una ciudad conocida por su papel central en el comercio y la cultura del Levante.
Construida íntegramente en piedra, la torre presenta un estilo arquitectónico sobrio y elegante. En su parte superior alberga cuatro esferas de reloj: dos marcaban la hora local tradicional y las otras dos la llamada “hora occidental”, reflejo del intercambio cultural y técnico que caracterizó al final del siglo XIX.
En la base, la estructura incorpora aberturas circulares destinadas al vertido de agua potable, que funcionaban como cisternas o fuentes públicas al servicio de la población.
Durante los años de la guerra y los bombardeos del depuestro régimen que afectaron gravemente a Alepo, la torre sufrió daños visibles, al igual que su entorno histórico. Sin embargo, su permanencia, aun herida, reforzó su valor simbólico como emblema de resistencia y continuidad.
En los últimos años, los trabajos de restauración y conservación han buscado devolverle su esplendor, como parte de un esfuerzo más amplio por recuperar la identidad urbana y patrimonial de la ciudad.
Más allá de su valor arquitectónico, la Torre del Reloj Bab al-Faraj desempeñó un papel social y religioso significativo. Durante décadas fue un punto de referencia y descanso para las caravanas del Hajj que partían desde Anatolia rumbo al Hiyaz, convirtiéndose en un espacio de encuentro para peregrinos y comerciantes.
Hoy, la Torre del Reloj de Bab al-Faraj no es solo un instrumento para medir el tiempo. Representa la memoria viva de Alepo, la superposición de épocas y la voluntad de preservar el legado histórico frente a la adversidad. Para los alepinos, sigue siendo un recordatorio de que, pese a las dificultades, el tiempo avanza y la ciudad mantiene su espíritu.
Esraa Dubian/fm


