Damasco, 31 dic (SANA) Durante más de una década, el invierno en Siria dejó de ser una simple estación del año para convertirse en una prueba diaria de supervivencia.
El descenso de las temperaturas no solo traía frío, sino que reabría heridas profundas causadas por la guerra, desplazamiento, pobreza, pérdida y una fragilidad humanitaria que se hacía más visible con cada tormenta y cada noche helada.
El frío como rostro cotidiano del sufrimiento
Durante los años de la guerra , millones de sirios afrontaron inviernos implacables, especialmente quienes fueron forzados a abandonar sus hogares. En los campamentos del norte del país y en barrios destruidos de ciudades y pueblos, las tiendas desgastadas y las viviendas dañadas apenas ofrecían refugio frente a la lluvia, el viento y las heladas.

El agua se filtraba entre lonas y paredes agrietadas, el suelo se convertía en barro y las noches se alargaban para los niños, envueltos en mantas insuficientes y en un silencio cargado de miedo.
La escasez de combustible y su elevado costo, junto con los prolongados cortes de electricidad, transformaron la calefacción en un privilegio inalcanzable.
Muchas familias optaron por reducir su consumo al mínimo o recurrir a métodos precarios para calentarse, exponiéndose a riesgos adicionales. En este escenario, el invierno se convirtió en una amenaza directa para los más vulnerables como niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas.
A ello se sumaban la inseguridad alimentaria y la dificultad de adquirir ropa de abrigo. La fragilidad del sistema sanitario y la escasez de medicamentos agravaban las enfermedades estacionales, haciendo del invierno una etapa asociada no solo al frío, sino también a la angustia constante.
Del final de la guerra a los retos de la posliberación
Con el derrocamiento del régimen de Bashar Al-Assad y el inicio de la etapa de posliberación, los sirios comenzaron a mirar el futuro con una esperanza cautelosa. Sin embargo, el invierno sigue reflejando las secuelas de la crisis. Infraestructuras destruidas, redes eléctricas y de agua dañadas, y el regreso de cientos de miles de desplazados a zonas carentes de servicios básicos hacen que la estación fría continúe siendo un desafío, aunque bajo una realidad distinta.
Para muchas familias, la alegría del retorno se ve empañada por la dureza de las condiciones de vida. La pobreza acumulada y el alto costo de vida limitan la posibilidad de reparar viviendas, acceder a combustible o garantizar un invierno digno. El frío, una vez más, pone a prueba la capacidad de resistencia de una sociedad que aún se reconstruye.
La solidaridad como fuente de calor humano
En medio de estas dificultades, la solidaridad comunitaria se ha convertido en uno de los rasgos más luminosos de la resiliencia siria. Iniciativas locales, grupos de voluntarios y esfuerzos vecinales han surgido para distribuir mantas, ropa de invierno y combustible, así como para rehabilitar viviendas con recursos modestos. Estas acciones, aunque limitadas, transmiten un mensaje poderoso frente a la adversidad, la comunidad permanece unida.
Hoy, los sirios depositan sus esperanzas en una reconstrucción real, en la recuperación de la infraestructura y en el fortalecimiento de la economía, con el anhelo de que los inviernos venideros sean menos duros. Aspiran a que el frío vuelva a ser solo una característica del clima y no un recordatorio del miedo y la escasez.
El invierno sigue siendo un testigo silencioso del sufrimiento y la fortaleza del pueblo sirio, desde los años de guerra hasta los desafíos posteriores a la liberación. A pesar de las cicatrices profundas, la voluntad de vivir persiste.
En esa resistencia cotidiana late la esperanza de que los próximos inviernos traigan una calidez distinta, la de la estabilidad, la seguridad y la dignidad, capaces de transformar el dolor del pasado en un impulso hacia un futuro más humano y justo.
Por Watfeh Salloum


