Damasco, 21 dic (SANA) El río Barada es uno de los más importantes símbolos naturales e históricos de Damasco. A lo largo de los siglos, ha sido una arteria vital que ha otorgado vida y belleza a la ciudad.
Aunque no es el río más caudaloso ni el más largo de Siria, su agua ha inspirado una interminable corriente de versos y poesías desde tiempos preislámicos hasta la era moderna.
De su fuente no solo brotan aguas cristalinas, sino también rimas, palabras de amor y pasión que han cautivado a poetas y cronistas por igual.
Barada en la memoria histórica y las civilizaciones
En su obra “El Valle de Barada a través de las Épocas”, el investigador Mahmud Muhammad Alqam señaló que “el valle de Barada ha concentrado, desde tiempos inmemoriales, relatos sobre la historia, las civilizaciones, los pueblos y las naciones que habitaron este valle, desde los arameos en el segundo milenio a.C. hasta la actualidad, pasando por los griegos, los romanos y la civilización islámica“.
Alqam escribió en su libro: “de este río bebió Damasco sus primeras aguas dulces, aquí se encendió la primera lámpara eléctrica en los hogares de la ciudad, aquí Damasco degustó los mejores frutos y desde aquí llegó la seda a sus telares, impulsada por el florecimiento del cultivo de la morera”.

El río dorado a través de los siglos
La vida en el Valle de Barada se remonta a más de medio millón de años. Damasco floreció a partir de finales del segundo milenio a.C., durante la época aramea, cuando el valle formaba parte del reino arameo.
Los arameos se dedicaron a la agricultura y aprovecharon las aguas del Barada mediante la construcción de canales y acequias, lo que permitió ampliar las tierras cultivadas. El nombre “Barada” proviene del arameo y significa “río frío”. Los arameos también construyeron el canal de Yazid para llevar agua a las tierras altas y aumentar el riego.

El Barada también se mencionó en la Biblia (Antiguo Testamento), cuando Naamán el sirio pregunta: “¿Acaso no son el Abaná y el Farpar, los ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel?”. El “Abaná” se refiere al río Barada, mientras que el “Farpar” sería el río Banias. La palabra “Abaná”, de origen arameo, significa “piedras formadas de las que brota el agua”.
Origen y nombres sagrados
El río Barada nace cerca de la ciudad de Zabadani, entre las montañas del Hermón y el Qalamun, a unos 60 kilómetros al oeste de Damasco. Desciende hacia el este, atravesando el pueblo de Fijeh, donde se une a las aguas cristalinas del manantial.
En su recorrido, recibe el aporte de varios manantiales, como el de Ayn al-Khadra, cerca del pueblo de Basima. Más adelante, pasa por al-Hama, se divide en siete canales que atraviesan Damasco y riegan la Guta, hasta desembocar en el lago al-Ateiba, tras recorrer 71 kilómetros desde su origen.

Los griegos lo conocían como “Frisio Ross o Bronis” y lo consideraban un río sagrado, siguiendo su costumbre de deificar ríos y manantiales. No es sorprendente, por tanto, que en su orilla derecha se encuentren el templo arameo de Hadad, el templo romano de Júpiter y la iglesia de San Juan Bautista (hoy Gran Mezquita de Damasco). Los griegos lo llamaban Khrizoras, “el río dorado”.
Según el historiador Ibn Asakir, en su obra “Historia de la ciudad de Damasco”, el Barada fue conocido como Paradisios, “el río del paraíso”, y los árabes lo llamaron “Barada” por la frescura de sus aguas. Desde el siglo V, el bizantino Estéfano lo denominó Bronis o Khrizowras.
La Damasco moderna y la memoria del Barada
En 1895, se construyó la línea ferroviaria entre Damasco y Riaq, en la llanura de la Bekaa, atravesando el valle de Barada, Zabadani y Serghaya, hasta llegar a Beirut.
En 1906, se inauguró la primera estación eléctrica en la zona de la Takiya, a orillas del río Barada, que abastecía de electricidad a Damasco hasta 1957, cuando fue reemplazada por una nueva estación en el pueblo de Souq Wadi Barada.
Para ello, se canalizó el agua a través de un túnel de cinco kilómetros, excavado por una empresa yugoslava. Esta central sigue operativa hasta el día de hoy, siempre que el caudal del río lo permita.
Muchos damascenos aún recuerdan cómo, hasta principios de la década de 1970, el Barada se desbordaba durante las lluvias y el deshielo, dando vida a la ciudad. Sus orillas y los huertos de la Guta eran el destino predilecto para el sairan, el tradicional paseo familiar que marcaba el ritmo de vida damasceno.
Un río asfixiado por la contaminación
Hoy, el nivel de contaminación del Barada ha alcanzado niveles alarmantes, convirtiendo algunos de sus tramos en canales de alcantarillado, de los cuales emanan olores nauseabundos. El Ministerio de Recursos Hídricos, en colaboración con la Gobernación de Damasco, emprendió hace años un plan para reducir la contaminación mediante la construcción de dos nuevas plantas de tratamiento, además de la existente en Zabadani, y la obligación para restaurantes y establecimientos turísticos situados a orillas del río de instalar sistemas de depuración antes de verter aguas residuales. Sin embargo, dificultades técnicas y financieras han ralentizado la ejecución de estos proyectos.

Los damascenos se preguntan: ¿No merece el Barada, un río que ha inspirado poesía y devoción durante milenios, un esfuerzo decidido por parte de las autoridades para devolverle su antigua pureza? A pesar de su deterioro, el río sigue siendo un símbolo de vida y belleza en la memoria colectiva del pueblo sirio. Su lamento actual suena como un ruego, el ruego de un río que pide renacer una vez más.
Por Watfeh Salloum

