Maloula/Siria, 2 jul (SANA) Encaramada entre los escarpados riscos de la cordillera del Qalamún, a unos 56 kilómetros al norte de Damasco, Maloula emerge como uno de los símbolos más singulares de Siria.
Sus casas excavadas en la roca, los monasterios que sobreviven desde los primeros siglos del cristianismo y una lengua que se resiste a desaparecer convierten a esta pequeña localidad en un enclave donde historia, fe y memoria siguen entrelazándose pese a las cicatrices de la guerra.
Aunque la guerra dejó profundas huellas en sus calles y obligó a miles de habitantes a abandonar sus hogares, la localidad intenta recuperar paulatinamente su vida cotidiana mientras preserva un patrimonio considerado único no solo en Oriente Medio sino en el mundo.
Un pueblo esculpido en la roca
El paisaje de Maloula parece fundirse con la montaña. Las viviendas de piedra se adaptan a las paredes rocosas y las callejuelas serpentean hasta alcanzar los monasterios de San Sergio (Mar Sarkis) y Santa Tecla (Mar Takla), dos de los principales referentes del cristianismo oriental.

Según la tradición, Santa Tecla, discípula de San Pablo, encontró refugio en estas montañas mientras huía de la persecución, un relato que forma parte de la identidad espiritual de la localidad y que continúa atrayendo cada año a peregrinos y visitantes.
Además de su valor religioso, Maloula constituye uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de Siria, donde confluyen restos de distintas civilizaciones y una arquitectura que ha permanecido prácticamente inalterada durante siglos.
El arameo, una lengua que se niega a desaparecer
Más allá de sus iglesias y monasterios, Maloula conserva un patrimonio aún más excepcional: el arameo, una de las lenguas más antiguas del mundo y considerada por numerosos estudiosos como el idioma que hablaba Jesucristo.

En las calles del pueblo todavía puede escucharse en conversaciones cotidianas, canciones populares, relatos familiares y oraciones, tanto entre cristianos como musulmanes.
Omar Diab, oriundo de Maloula y residente en Catar, asegura a SANA que una de sus mayores preocupaciones es preservar este legado lingüístico.
“Lo hablo y quiero transmitirlo a mis hijos porque está en peligro de desaparecer”, explica, al recordar que el instituto especializado en la enseñanza del arameo cerró durante la guerra.
Mientras se impulsan iniciativas para reabrir ese centro educativo, Diab señala que muchos niños aprenden actualmente la lengua de forma oral dentro del ámbito familiar, aunque considera indispensable recuperar una enseñanza formal que permita preservar también su escritura y gramática.
Una convivencia que resiste al conflicto
Si el arameo distingue a Maloula, la convivencia entre cristianos y musulmanes constituye otro de los pilares de su identidad.
Durante generaciones, ambas comunidades han compartido festividades religiosas, celebraciones familiares y la vida cotidiana sin que las diferencias confesionales alteraran las relaciones sociales.
Eduardo Hilal, vecino de la localidad, asegura que esa convivencia nunca desapareció. “La relación entre los habitantes siempre ha estado basada en el respeto y el cariño, sin importar la religión de cada uno”, afirma.

Hilal abandonó Maloula en 2013 cuando la violencia alcanzó la localidad. Regresó apenas seis meses después y encontró su vivienda completamente incendiada.
“Las paredes estaban destruidas y todo lo que había dentro había desaparecido”, recuerda.
Tras instalarse temporalmente en otra vivienda de su propiedad, logró rehacer su vida gracias a su trabajo en el sector de la construcción y abrir un pequeño negocio propio.
Hoy describe una ciudad donde reina la tranquilidad y donde la actividad turística comienza a recuperarse, aunque aún permanece lejos de los niveles registrados antes de la guerra.
Las principales festividades religiosas (la Exaltación de la Cruz, Santa Tecla y San Sergio y San Baco) siguen reuniendo cada año a numerosos habitantes y visitantes, contribuyendo a revitalizar la economía local.

Reconstruir la ciudad para recuperar la vida
Las secuelas materiales de la guerra continúan siendo visibles en Maloula.
Bombardeos y combates destruyeron iglesias, monasterios, viviendas y edificios históricos, muchos de los cuales permanecen aún en ruinas.
Abdullah Diab, supervisor de la Iniciativa de Reconstrucción de Maloula, explica que más de la mitad de las propiedades de la localidad siguen destruidas.
“La principal razón por la que muchos habitantes no han regresado no es la falta de voluntad, sino que ya no tienen una casa donde vivir”, afirma.

La iniciativa trabaja actualmente en la elaboración de estudios de ingeniería y proyectos sociales que serán presentados a organizaciones locales e internacionales con el objetivo de obtener financiación para reconstruir viviendas y facilitar el regreso de las familias desplazadas.
Según Diab, algunas agencias de Naciones Unidas restauraron un número limitado de inmuebles durante los últimos años, pero la mayor parte del patrimonio residencial sigue necesitando importantes trabajos de rehabilitación.
Omar Diab forma parte de ese esfuerzo colectivo.
Después de regresar a Maloula tras casi quince años de ausencia, decidió implicarse en la recuperación de viviendas dañadas para que otras familias puedan volver.

“Cuando regresé encontré casas destruidas, terrenos devastados y propiedades arrasadas. Sentí que era nuestro deber intentar recuperar lo que aún puede salvarse”, explica.
Para muchos de sus habitantes, la reconstrucción no consiste únicamente en levantar muros, sino en preservar una identidad forjada durante siglos.
En Maloula, donde el arameo aún se escucha entre las montañas y las campanas de los monasterios vuelven a sonar, la recuperación de iglesias, viviendas y monumentos simboliza también el intento de devolver la vida a uno de los lugares más emblemáticos del patrimonio histórico y religioso de Siria.
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